Nochebuena en Suyo

Su diplomacia y elegancia se podía palpar al entrar por la puerta. Tenía un bigote al estilo Ned Flanders, el de vecino perfecto y buen cristiano. Había elegido ponerse un traje oscuro propio de los señores acomodados. En su muñeca, llevaba unos gemelos que brillaban relucientes. Ese día, el comedor parecía una verbena popular que se vio interrumpida por un golpe de su bastón de madera, grueso y color ébano que resonó fuertemente. El silencio en la sala se trasladó a los comensales.
Don Ernesto clavó los ojos sobre el enorme pavo que reinaba en el centro de la mesa, incitándole a pecar y sacar a relucir sus aires de canibalismo. El aroma del pan recién sacado del horno, le provocó un sentimiento desgarrador. Reavivó la nostalgia de su infancia, aquellas felices mañanas en Suyo, cuando su madre preparaba el desayuno y él jugaba al escondite en la plaza del pueblo. El resto del decorado sobre la mesa era muy apetecible, un manjar de aperitivos recorrían la enorme mesa de los Morales y resplandecientes brillando con su color burdeos, varias botellas de Rioja, que habían cruzado el charco para depositarse sobre esa mesa. El panettone y el chocolate no podían faltar en la celebración.
Doña Aurelia agarró fuertemente la mano de Don Ernesto, lanzándole una mirada de satisfacción. Era un 24 de diciembre diferente, Matilde Morales estaba a un paso del altar tras varios años de convivencia con el arquitecto más famoso de Piura y había obtenido el premio a la mejor escritora novel del certamen de su país. El orgullo residía en sus padres, que veían como su hija seguía construyendo sus sueños, era el mejor regalo navideño.
En la casa de la familia Morales no todo era de tradición peruana. La bisabuela Lola, nacida en la tierra de Rafael Alberti, Cádiz, había llevado en su maleta a tierra inca, la tradición de los villancicos flamencos. Esta noche no podían faltar, las palmas y el chasquido de los dedos acompañaban la melodía de Los Campanilleros y Con mi borriquillo.
El jolgorio, los abrazos, las risas, todo era festividad. Arturo, el nuero perfecto, se levantó de la mesa y tras un beso tierno en la frente a Matilde salió al patio. Allí estaba con cierta nostalgia reflejada en sus ojos verdes luminosos y transparentes, observando el reloj de bolsillo que colgaba en la pared. Un reloj que se había parado en el momento del último suspiro de Don Ricardo Ojeda Morales y que presidía un mural de recuerdos familiares. Un reloj que ya no latía, pero que en ese momento de silencio se vio interrumpido por un fuerte golpe. El dolor le había adormecido todos los sentidos y el frío se había apoderado del patio, el tic tac del Rolex de Arturo dejó de sentir por completo a las doce con el repiqueo de las campanas.