Padre nuestro, que estás en Tinder

Pues un año después vuelvo a estar enfrente de mi ordenador, meditando si me han puesto dos velas negras o que de aquí a que me entierren seguiré teniendo mala suerte en el amor. Sí, he vuelto a reactivar Amor en tiempos de Tinder, porque en esta vida si una no se ríe de sus desgracias… ¿Y os preguntaréis en qué he cambiado? Pues que ya no aguanto a gilipollas ni un nano segundo, así que puede que el volumen de historias crezca en el blog. Al final, de algo tengo que rentabilizar mi fracasada vida amorosa. Aunque yo no me considero un fraude, considero que sólo doy con tarados emocionales y especialistas en ghostings, que últimamente de eso sé mucho. Am! y bueno de love bombing, en mi Instagram de Doctora Tinder, podéis informaros sobre ello.

En abril, volví a activar en modo misil las apps, sin expectativas la verdad y me topé con El individuo (apodo que se lo ha ganado por una de mis amigas). La verdad que el chaval era interesante, cercano a la cuarentena, con un puesto de trabajo en condiciones y casa propia (milagros de la vida). Tras haber estado semanitas hablando y él vendiéndome un mundo ideal, decidimos quedar en Cuatro de ocho, un bar muy chulo de Alonso Martínez, con vinoteca y cervezas ricas. Visualmente el sitio tenía mucho encanto, claro era un terreno fácil para ganarse mi confianza.

El individuo llegó a recogerme a la salida del metro Tribunal, guapete la verdad. Un rollito alternativo chic, que hacía juego con su moreno de piel. Y una sonrisa brutal. Además que era un tío con labia, conversación y uff eso a mí me lleva al cielo. La cita fue de 10 la verdad, entre vermús y nachos caseros todo sabe mucho mejor. Nuestra cita fue como un capítulo de ‘The Bear’: imposible seguir el ritmo, pero adictivo. Luego fuimos a tomar unas copas en El Ojalá (en Madrid también tenemos playa) y allí la cosa se puso más interesante, cuando me di cuenta lo tenía sentado a mi vera y nos besamos como si estuviéramos en una telenovela de sobremesa: exagerado, ridículo y absolutamente necesario.

Esa semana el efecto love bombing estaba siendo efectivo, como una fucking droga y yo estaba a punto de pegarme la hostia. Tras una semanita hablando sin parar, me dice que tiene ALGO IMPORTANTE QUE DECIRME. Pensé «que noticia me va a soltar este hombre», mi creativa mente empezó a imaginarse miles de cosas. Lo que no sabía era que iba a estar en lo cierto con una de ellas. «¿Comemos este viernes y hablamos?» me dijo El individuo.

Llegó el día y tras una charla larga, fue como un Viernes Santo: todo se detuvo, el aire se puso denso, y yo me quedé esperando la resurrección… pero solo llegó el postre y su confesión: tenía una hija de cinco años. Amén. “Yo esperando pasión, y él soltándome su viacrucis: ‘soy padre’. Tengo que confesar que me lo esperaba, pero otra parte de mí quería borrar esa idea de mi cabeza. Tenía que procesar toda esa información de mi disco duro, era algo importante, pero yo soy una chica que le van los riesgos y quise tomarme ese fin de semana como de contemplación.

Pero cuando una contempla, el otro huye y así lo hizo El individuo. El lunes al no saber nada de él, lo llamé y como respuesta tuve dos melódicos tonos de llamada y un silencio. En efecto, el ghosting volvía a hacer acto de presencia y yo sólo me llevo un chupetón que me dejó en el cuello y el chocolate picante que me regaló, ya que tenía un descuento vitalicio en chocolates Lindt.

Pues nada, me dejó marcada como res, me endulzó con chocolate y luego hizo ghosting. Romance exprés, edición limitada.

Liquidación de bragas y recuerdos

Liquidar mis bragas, eso es lo que me gustaría a mí. No, por falta de uso, sino por falta de sex apple. Estoy preparando la maleta para mis próximas vacaciones y a este paso, con los modelitos de ropa interior que llevo me van a detener, pero por anti-sexy. Si ya estoy jodida en las apps de ligue, con esto me dan la medalla de honor. Mi celulitis corporal tampoco ayuda.

Sí, ando con una racha malísima de narices. No ligo nada, no sé si es por mi desgana de vivir o porque solo me topo con inadaptados de la vida. Algún match cae , pero ¿en qué se queda? en dos párrafos de habladurías y bye, bye. Fíjate que me va tan mal en las aplicaciones de ligoteo, que he vuelto a recordar a mis rolletes de hace siglos. Las malditas series de Netflix, he terminado la temporada 3 de Valeria y su afán por removerte recuerdos.

Ellos me odiarían si su nombre apareciera por aquí, así que les regalaré un pseudónimo o me limitaré a obviar su nombre. Sí , Marlon Brandon, así llamaré a mi doblador de voces y no precisamente me refiero al chef, que de ese ya hablé en el capítulo 15, esta vez hablo del top. Un doblador de voces, que entre su doblajes estrella, estaba el ser la ardilla Alvin. No es mágico hacer match con una persona así. Fíjate que me recordó a Bruno, de la serie Valeria, porque era padre divorciado, intenso, con un pisito chulo de narices en pleno Paseo de la Castellana y con «las ideas claras» o eso me parecía a mí en los inicios de nuestro «enamoramiento». Son de esas historias chulas, en las que conoces a una persona brillante, lista, divertida y buen amante en la cama. Que sí, que te saca unos cuantos años y que tiene dos hijos, pero a una le gusta arriesgarse. Que se pone muy intenso ya que a los dos días de conocerte te quiere llevar a una gala al estilo los Goya, pero en Asturias, que tú te asustas y le dices,<<no quiero etiquetas>>. Que le frenas y le rompes el corazoncito y que luego cuando te pillas él te dice, ¿abrimos nuestra relación? y tú lo único que quieres abrir son las piernas, pero que él no descubra más piernas, solo las tuyas. Pero que luego ya es tarde, él te enseña su nuevo proyector de cine, pero esta vez no puedes compartir película y palomitas con él, ya que ya lo hace otra. Ahora también comparte ese sofá con los pañales de sus gemelos, sí una que le da por stalkear Instagrams ajenos.

Que a los meses te pasa lo contrario, esta vez sin apps de por medio. En mi bar favorito de La Latina, nos une una conversación de superhéroes en el baño, que no sabes cómo te lo ligas, pero consigues su teléfono la primera noche y que todos los días me regala un mensaje bonito. Hasta que llega por fin nuestra primera cita, recorremos el pasillo de El Resplandor, nos hacemos un selfie con las niñas. Tonteamos con la película La Naranja Mecánica de fondo y tras una borrachera de croquetas y pisco sour, acabo dando las campanadas en los balcones de La Plaza Mayor. Y no, no me refiero a comer las uvas, más bien otra cosa. Que te dicen: <<Quiero volver a verte y cocinar contigo. Ha llegado tú chico del norte, el que tanto buscabas. Me flipas>>, que te subes las bragas y que en los días siguientes ni hay chico del norte, ni menú especial.

Sí, este calor, me ha hecho replantearme y pensar: «¿qué estaré haciendo mal en esta vida amorosa?» ; «¿tendré canas en el mojo?»; «¿este veranito volveré a tener una noche experimental como el de 2022?»; no lo sé. Pero, aquí sigo rellenando microrrelatos e intentando liquidar mis fracasos amorosos y mis bragas descosidas.

Christian Grey de Aliexpress

En mi lista de la compra ocupaba el puesto número 7 y una piensa <<¡toma ya! acabo de convertirme en «Anastasia Steele»>>. Pero, luego se da cuenta que vive en la vida real y que tiene bastante personalidad y edad como para soportar a un Christian Grey, y más si es de Aliexpress. Y os preguntaréis por qué acabé entre las sábanas de uno, pues porque una tiene ese espíritu aventurero, le encanta la investigación de método y explorar todo lo que conlleva en el terreno sexual. Vamos la Indiana Jones en versión femenina que en vez de buscar un arca perdida, intenta encontrar un hombre decente, pero se topa con esto.

Volví a navegar entre las famosas «apps del verdadero amor» y me topé con Christian, éste no era su nombre, pero me llamó la atención. A simple vista, un tío atractivo, abogado mercantil (sí, mi obsesión con los «hombres de ley»), que tenía un pedazo de ático en la zona de Nuevos Ministerios. Un pack completo vamos. Como yo soy más del face to face , pues le propuse quedar y conocernos. La primera toma de contacto fue bien y acabamos enrollándonos, pero sin pañuelos, ni esposas de por medio. A veces me resultaba un poco snob, por las cosas que me contaba, pero otras me parecía un tío de mundo, que había viajado mucho y que podría ser interesante conocer.

No obstante, él me dejo las cosas claras en la primera cita. << Yo no dejo que ninguna chica duerma en mi casa, enturbia mi aura personal y me parece que la cama es algo muy íntimo. Si es así le pago un Cabify antes de que finalice la noche y que vuelva a su casa>> y más o menos eso es un adelanto de lo que me pasó, pero todavía no quiero adelantaros el final. Y vamos que yo entiendo que cada uno tenga sus principios bien definidos. Pero ya veréis como muchas veces tiran estos por la borda.

Tuvimos unas pocas citas, pero la tensión sexual era clarísima. Así que muchas veces acabábamos en su ático haciendo travesuras e interpretando escenas de Cincuenta Sombras de Grey. Sí, no miento, tenía un arsenal de juguetitos, pero no los usaba como el Christian Grey original, más bien, iba de enterado y open mind. Con ese apodo se quedó para mí y para una amiga, porque hasta me propuso ir a un local liberal para experimentar algo nuevo. Vamos que éste quería una bacanal o algo ya que yo le ponía perrísimo y quería que fuese conmigo. Pero se quedó en una «bacaout», porque yo quedé fuera de sus expectativas. Y luego resulta, que un día hablando del tema de las apps con una amiga, caímos en que las dos habíamos coincidido con el señorito. Es lo que tienen estas apps de ligues que al final todos estamos metidos en esa jungla. Ella me dijo que su cita había sido un desastre y tenía que haberla hecho caso, pero como siempre me van los retos.

Estaba claro que de ahí no iba a salir una bonita historia de amor. Él no era aburrido hasta el sopor, ni celoso compulsivo como el auténtico. Pero, resulta que la cagó, el día que me dejó tirada a mitad de noche, en la que me tocó costearme un taxi y en la que su excusa fue el jet lag, tras su viaje newyorkino. Después de ponerme en una encimera y utilizarme como un vibrador masculino a mil revoluciones y satisfacerse de forma rápida exprés, me invitó de la forma más sutil a abandonar su casa.

Él pensaba que tras el portazo y mala cara que le puse, habría un whatsapp o una llamada. Lo único que queda es un bloqueo en todas mis redes sociales, un Christian Grey de Aliexpress, unas cuantas botellas de vino blanco en mi sangre, el aprendizaje de diversas posturas sexuales , ¡am! y un intento de sado, en la que por supuesto, yo era la dominante.

¡Estate quieto Flash!

El TDAH comprende una serie de problemas crónicos, tales como la dificultad para mantener la atención, la hiperactividad o los comportamientos impulsivos. Vamos viene a ser lo que de forma común, conocemos como «ser un culo inquieto». Pues la pandemia me regaló un encanto de chiquillo, pero que padecía este trastorno. Y a mí, que me encantan los retos quise saber lo que sería enamorarme de una persona así.

Pues conocer a este chico fue como una montaña rusa, de esas que o te quieres bajar o te enganchas por culpa de la adrenalina. Tengo que confesar que a Flash, lo voy a llamar así, porque seguirle el ritmo no era fácil. Lo conocí en época de pandemia, cuando la única compañía que tenía era mi novela y las cuatro paredes de mi habitación. Lo que pasa que también yo durante ese tiempo estaba intentando conocer al tan famoso Fiscal del Amor, el que me ejecutó una condena de culpable, así que decidí cambiar de bando y me pasé a un ingeniero.

Los chicos ingenieros «suelen» ser centrados, organizados, responsables, amorosos. Pensé: ¿de aquí no puede salir nada malo no? Pero mi ingeniero, empezaba a construir la casa por el techo y no los cimientos. Lo que me gustó de Flash, es que era un chico de mundo. Había vivido mucho tiempo en Francia, era un chico independiente, vivía solo y también era una bomba explosiva en la cama. Ahí lo de Flash era no por la corta duración, sino por la rapidez en provocarme multiorgasmos. Además era bueno en la cocina, aún recuerdo ese arroz negro con calamares que me preparó en su casa y nuestras cenas siempre estaban acompañadas de un buen vinito, porque claro esto de haber vivido en Francia durante muchos años le daba caché a la hora de elegirlos.

Pero, lo que no sabía yo, era lo que había detrás. Hasta que un día, tuvimos una conversación en la que me dijo: <<Llegaré tarde, tengo que ir al loquero>> y mi respuesta fue <<¡Am, que vas al peluquero!>> (sí, pensé que el corrector le había jugado una mala pasada). Pero su respuesta fue: <<No, el loquero, tengo TDAH>> . Yo, ahí pensé, mierda le he mandado a cortarse el pelo. Aunque también lo necesitaba, porque llevaba una melenita extra large.

A partir de ese momento, nuestra relación fue un poco caos. Yo era prácticamente su Google Calendar, porque como iba a mil revoluciones por minuto, a mi me tocaba recordarle todas las quedadas juntos. O las veces en que su respuesta era un mes después o me respondía otra cosa. Mira, si hay algo que le agradezco, es que pude desarrollar mi paciencia como nunca, cosa que en los aries es complicado, porque somos demasiado impacientes. Aun recuerdo entre risas, el día que quedamos para comer a una hora determinada y acabamos degustando los platos gourmets dos horas después y yo tragándome una película completa en el salón de su casa. Él, adivinar que estaba haciendo. Pues limpiar la casa y con lejía, y eso que no era Damer ¡eh! y cocinar de forma compulsiva. Yo en un sofá, mirándolo con cara de circunstancias y esperando que eso lo arreglase con una maratón de polvos. No podría continuar eso bien.

Ahora es 30 de noviembre y no tengo noticias de él desde agosto. Bueno miento, la última vez que lo vi, fue en la calle, cuando me acerqué a saludarle y a él se le quedó cara de ¡tierra trágame! , a lo mejor se ha olvidado que tiene que responderme al último whatsapp que le mandé. Lo que pasa que una se ha cansado de ser un Google Calendar y de montar en montañas rusas. Otro ghosting más para mi lista de conquistas. A este paso me llaman para hacer la próxima película de Ghostbusters.

El embrujo de Penélope

Las luces  y el sonido de los altavoces iluminaban la zona cercana al puerto. Era el último día en el campamento de verano y Penélope estaba resplandeciente. Brillaba  en esa noche tan especial y llevaba su pelo suelto, salvaje y un vestido blanco que transparentaba a la luz de la luna sus pechos, pequeños pero sensuales. La joven paseaba por el puerto y las miradas electrizantes de otros hombres recorrían su cuerpo. Ella distaba de esto, porque era un alma libre, que amaba por encima de todo vivir al límite. Nació en Francia, pero creció en las playas de Tarifa y ese carácter andaluz lo llevaba en el ADN.

Era la diosa de las aventuras y esa noche tenía una cita con aquel desconocido al que había conocido a través de las múltiples aplicaciones a las que he bautizado como <<solucionadoras exprés de vidas amorosas>>. Penélope había tenido una conversación gourmet con Adam, algo poco común con los chicos que iba conociendo a través de las apps de ligues. Pero, lo que más le atraía, es que era un completo desconocido para ella. En el perfil de él no aparecían sus fotos, solo imágenes de frases de Benedetti y claro eso había llamado la atención de la joven. Porque si hablamos de amor es esencial pensar en este escritor.

La única premisa de la cita, era que ambos debían llevar una máscara puesta, Penélope era de esas mujeres que amaban el enigma por encima de todo. Pero, esta vez no era por elección propia, su máscara era fruto de un accidente que tuvo con su padre a los cinco años en una embarcación llegando al puerto, que le había desfigurado parte de su rostro. En sus fotos siempre aparecía con ella puesta, aun así los hombres siempre escribían, ¿Sería el morbo a lo desconocido, el morbo a saber que habría tras esa máscara?

Cuando la luna iluminaba la playa, Penélope sintió una electricidad por su cuerpo y un deseo incontrolable de acercarse y fundirse en un abrazo con aquel desconocido. Adam, aparcó la moto y caminó hacia ella. Se produjo el encuentro de las máscaras, aun así Penélope pudo apreciar que era un hombre alto, fuerte, con barba y las canas reflejaban su edad y su paso agitado por la vida. El perfecto desconocido se quedó sin palabras, pero el deseo por perderse en ese cuerpo y llegar al clímax empezó a acomodarse en su mente. Parecía que el embrujo de Penélope empezaba a hacer efecto. Adam se acercó a ella y le dijo al oído que tenía una casa al lado de la playa, con unas vistas al puerto increíbles. El brillo en los ojos de aquella joven le había cautivado. Adam decía que el amor y la pasión no estaban reñidos a la edad. Penélope era la prueba de esto, con sus dulces 26 años no entendía de edades, solo amaba a personas.

Aquel hombre, con su sutileza cogió a Penélope por el brazo y la elevó al cielo con un beso apasionado, la atrajo hacia él y le mostró las vistas desde la ventana de su habitación. La fuerza de las olas y el olor a hombre, humedecieron a Penélope quien enloquecía con los besos de Adam. Sabía cómo guiar su lengua por el cuerpo de la joven, lentamente y erizando cada poro y rincón de la pálida piel de Penélope. Finalmente cayeron rendidos en la cama y empezó una lucha salvaje entre ambos, una lucha apasionada. Adam follaba a Penélope no solo con deseo, sino con verdad, los gemidos de la joven se convirtieron en un eco que oían los pescadores cercanos al acantilado. Ambos habían perdido el concepto de espacio temporal.

Los amantes se vieron deslumbrados con el sol que entraba por la ventana, sin darse cuenta que había amanecido y habían agotado todas sus fuerzas. Penélope se vistió con su vestido blanco transparente, la ropa interior quedó en poder de Adam, como un trofeo de guerra. Le dio un beso en la frente a Adam que seguía plácidamente dormido en la cama y se marchó de la habitación, como ella quería como un alma blanca, como un alma libre.

Un café amargo en París

Eran las doce del mediodía de un frío noviembre y las nubes presagiaban lo peor en la ciudad del amor. En la terraza del Café de Deux Moulins se podía percibir el aroma del café y el olor de los cruasanes recién salidos del horno. Mateo observaba la puerta e imaginaba a la camarera Amèlie Pouline saliendo por ella, con su mirada enigmática y esa belleza extraña.

¡Un café por favor! – suspiró Mateo con cierto nerviosismo. Esperaba a Helena, que llegaba veinte minutos tarde.

Mateo iba a confesar sus sentimientos a Hache, así llamaba a su compañera de borrachera, de tesis y de piso.

Perdóname Mateo, ya sabes que ir en bici con este tráfico por este barrio es horrible. – entró Helena corriendo hacia la mesa.

– ¿Has dormido bien? – la observó enamorado y con una sonrisa pícara. << A pesar de esas ojeras y de ir despeinada es increíble lo preciosa que estás >>, pensó Mateo.

Los últimos días Mateo intentaba borrar ese sentimiento de su mente, ahogando sus penas en un cóctel de mujeres que lo visitaban cada día en su cama. Un antídoto que había retrasado la conversación entre ambos compañeros, pero que Mateo no quería dilatar en el tiempo.

He dormido de maravilla – disimuló Helena. <<¡Claro que sí bonito! si tengo que compartir prácticamente espacio y desayunar con tus amiguitas de piernas largas y escote prominente… “Todo perfecto”>>, ironizó la joven. – Pero, cuéntame que es eso tan importante que tienes que decirme – espetó Helena.

En ese instante el sorbo del café le provocó un cúmulo de nervios que derramó la bebida sobre la mesa.

¡Madre mía Mateo! si que estás mayor, ya no puedes sujetar ni una taza – entre risas le replicó Hache.

– << Lo raro es que no se me caigan más cosas de las manos si me miras así. Te besaría esos labios rojos y te acariciaría ese pelo color fuego y esos rizos que me tienen en un sinvivir>>, pensó Mateo.

– Hoy estás muy raro Mateo ¿Seguro que te has tomado solo un café? Puesto que no me dices nada interesante que cambie mi aburrido día, yo quiero cambiártelo
con una buena noticia – Helena se acercó a Mateo y le acarició con la punta de la nariz la mejilla.

– << ¿Esto es verdad? déjame abrazarte, déjame besarte>> , Mateo cerró los ojos y se dejó invadir por las emociones que Helena despertaba con su cercanía.

– Estoy embarazada – le susurró al oído a Mateo.

Esas palabras provocaron que Mateo deseara que el color negro azabache del café fuese veneno. Sus palabras y las gotas de lluvia que cayeron en su cabeza le despertaron de ese sueño esperanzador.

-¡Mateo! La que nos está cayendo ¡Entremos al café! – gritó Helena escapando de la lluvia.

– <<¡Maldita sea! ¿Cómo pude pensar que nuestra relación podría ser posible? ¿Pero de quién está esperando un hijo? Esto no puede estar pasando>>, pensó Mateo. – Helena, quédate. Yo tengo que marcharme – salió corriendo Mateo, huyendo de aquella noticia.

– ¡Mateo, espera! ¡Necesito aclarar esto! – gritó Hache preocupada.

Helena incrédula observaba con ojos llorosos como Mateo se marchaba por aquella calle estrecha, cruzando el Moulin Rouge. Al doblar la esquina se podía percibir el olor a neumático quemado bajo la lluvia. El ruido ensordecedor de un claxon se entrecruzaba con los gritos de la gente.
Era el mes de agosto y Hache y su hijo Nicolás llevaron ese día soleado flores al cementerio.

<< Que bonita aquella noche de pasión, que bonito fue aunque tú no lo recuerdes. Aquella borrachera que me perdió sin control en tu cama, pero que me dio lo más bonito de mi vida. Te quiero y siempre te querré>>, recordó Helena.
A lo lejos en la lápida podía leerse…

Mateo Jiménez Sánchez . A mi fiel compañero que me enseñó a amar la vida.
Tu mujer Hache y tu hijo Nicolás.

Resacón en Tarazona

El repiqueo proveniente del campanario que tenía al lado de mi casa me despertó de ese dulce sueño. Cuando procedí a poner un pie en el suelo, la habitación se convirtió en una montaña rusa y yo levitaba sin poder bajarme de ella. Bajé a la cocina y el olor a grano de café me despertó, había vuelto a Tarazona, tierra de mis abuelos y mi refugio de la infancia. Había sido una noche memorable, que ni el mismísimo director de “Resacón en las Vegas” la podía haber planificado.
Decidí tomar una ducha, vestirme y salir a la calle. Al doblar la esquina me crucé con Eduardo, sacerdote del pueblo. El aragonés era famoso no por su facilidad de oratoria, sino por sus dotes con la bebida. Durante mi época de monaguillo, nos conocían durante todo el perímetro de los bares de Tarazona y alrededores, yo me sentía como su Lazarillo de Tormes. Hacíamos juntos “La ruta del bacalao”, pero sin el bacalao. Llevaba años en la parroquia y se estaba formando para llegar a ser obispo y yo sinceramente lo veía así en unos años.
Tarazona en época del Cipotegato, se convierte en la Mallorca de los alemanes. Turistas soportan las altas temperaturas de agosto con dosis de cervezas y bailoteos en las peñas y en las calles del pueblo. El banco de la plaza del ayuntamiento tras 32 años seguía conservando mi firma, junto con la de Carlos y Pablo, mis mejores amigos del pueblo.
Pablo se sentó a mi lado y me ofreció una cerveza fría, de esas que sientan a gloria bendita. Me miró y empezamos a reírnos sin parar. La noche previa, habíamos celebrado el cumpleaños de Carlos, el querubín del grupo. Era famoso en el pueblo por los jesuitas de su madre la panadera Lola, que había llevado la receta desde Bilbao en su maleta. Aquellos pastelitos de hojaldre rellenos de crema, glasé de azúcar y almendras laminadas eran un pecado muy apetecible para todos los que estábamos a dieta.
Teníamos una peña llamada “Piratas del Cacique”, no hace falta aclarar por qué, el nombre lo dice todo. Esa noche de verano la habíamos engalanado como nunca, después de haber saqueado el supermercado de Merche con un arsenal de ron para la fiesta. Nuestro dj Manolo ocupaba el altar con su mesa de mezclas, pinchando los últimos éxitos del mercado nacional, atrás quedaron aquellos maravillosos años de Paquito el chocolatero y Follow the leader.
Tras varios intentos por mover las caderas al ritmo de trap, por la puerta entró Macarena. Allí estaba ella, la chica más joven y guapa de Tarazona. Su pelo era oscuro y sedoso y su cuerpo fiero se contoneaba con sensualidad. Desprendía la frescura de un espíritu libre y era tan diferente a las chicas del pueblo que seguía enamorado de ella. Era conocida
como la novicia, por no conocerle novio alguno. Esa noche estaba dispuesto a hacer un pacto con el diablo por conquistarla.
Me acerqué a mi confesionario sacramental, mi amigo Carlos. Experto en las dotes del arte de la seducción y en las mujeres.

  • No tenemos a un David Guetta en potencia – soltó una carcajada- Pero nos sirve de algo, ¿Verdad?
    Allí estaba Macarena sentada a mi lado, mirándome, como esperando que le dijera algo. Le mantuve la mirada y a los dos se nos fue dibujando una sonrisa magnética.
  • ¿Qué?- le pregunté. – Tienes una de las sonrisas más bonitas que he visto en mi vida- me susurró- Y la verdad es que muero de ganas por realizar un París Dakar con mi lengua dentro de tu boca.
    Le di un sorbo a mi copa de ron, en ese momento noté como el calor subía por un espacio prohibido. Como deseaba ser el Papa y llevar una sotana, para disimular tremenda complicación entre mis piernas. Macarena se mordió con deseo el labio inferior y después lo dejó escapar de entre sus dientes. Me agarró de la cadera y me obligó a moverme hacia su cuerpo, estaba paralizado.
    Estuvimos bailando toda la noche, hasta que desaparecimos durante un par de minutos. Nos dirigimos al aparcamiento y Macarena abrió con un guiño de luces su Golf negro nuevo y brillante. No sé como lo hizo, pero lo siguiente fue sentarse sobre mí a horcajadas. De fondo la BSO de Sidercars y yo sintiéndome el protagonista del videoclip Los amantes. Sus manos subieron mi camiseta hasta que acabé desprendiéndome de ella y sus labios estaban esperándome cuando volví a embestirle con mi boca. Tarazona me había regalado la mejor noche de embriaguez sexual.
  • ¡ RIIIIIIIIIING RIIIIIIIIIIING! – ¡Diego levántate y apaga el despertador! ¡Llevas más de 12 horas durmiendo y hoy tenemos la misa del abuelo y así no llegamos!- gritó la jefa de la casa. – ¿Mamá a qué hora llegué del cumpleaños de Carlos?- pregunté. – ¿Cumpleaños? ¡Pero sí es hoy por la noche cabeza loca!- ¡Vamos desayuna y vístete!
    Me senté sobre la cama, pensativo, sabiendo que ya era tarde y había vuelto a la realidad. Me había dado la hostia sacerdotal.

Nochebuena en Suyo

Su diplomacia y elegancia se podía palpar al entrar por la puerta. Tenía un bigote al estilo Ned Flanders, el de vecino perfecto y buen cristiano. Había elegido ponerse un traje oscuro propio de los señores acomodados. En su muñeca, llevaba unos gemelos que brillaban relucientes. Ese día, el comedor parecía una verbena popular que se vio interrumpida por un golpe de su bastón de madera, grueso y color ébano que resonó fuertemente. El silencio en la sala se trasladó a los comensales.
Don Ernesto clavó los ojos sobre el enorme pavo que reinaba en el centro de la mesa, incitándole a pecar y sacar a relucir sus aires de canibalismo. El aroma del pan recién sacado del horno, le provocó un sentimiento desgarrador. Reavivó la nostalgia de su infancia, aquellas felices mañanas en Suyo, cuando su madre preparaba el desayuno y él jugaba al escondite en la plaza del pueblo. El resto del decorado sobre la mesa era muy apetecible, un manjar de aperitivos recorrían la enorme mesa de los Morales y resplandecientes brillando con su color burdeos, varias botellas de Rioja, que habían cruzado el charco para depositarse sobre esa mesa. El panettone y el chocolate no podían faltar en la celebración.
Doña Aurelia agarró fuertemente la mano de Don Ernesto, lanzándole una mirada de satisfacción. Era un 24 de diciembre diferente, Matilde Morales estaba a un paso del altar tras varios años de convivencia con el arquitecto más famoso de Piura y había obtenido el premio a la mejor escritora novel del certamen de su país. El orgullo residía en sus padres, que veían como su hija seguía construyendo sus sueños, era el mejor regalo navideño.
En la casa de la familia Morales no todo era de tradición peruana. La bisabuela Lola, nacida en la tierra de Rafael Alberti, Cádiz, había llevado en su maleta a tierra inca, la tradición de los villancicos flamencos. Esta noche no podían faltar, las palmas y el chasquido de los dedos acompañaban la melodía de Los Campanilleros y Con mi borriquillo.
El jolgorio, los abrazos, las risas, todo era festividad. Arturo, el nuero perfecto, se levantó de la mesa y tras un beso tierno en la frente a Matilde salió al patio. Allí estaba con cierta nostalgia reflejada en sus ojos verdes luminosos y transparentes, observando el reloj de bolsillo que colgaba en la pared. Un reloj que se había parado en el momento del último suspiro de Don Ricardo Ojeda Morales y que presidía un mural de recuerdos familiares. Un reloj que ya no latía, pero que en ese momento de silencio se vio interrumpido por un fuerte golpe. El dolor le había adormecido todos los sentidos y el frío se había apoderado del patio, el tic tac del Rolex de Arturo dejó de sentir por completo a las doce con el repiqueo de las campanas.

El último disparo

Quería una habitación con vistas, una cama con sábanas limpias, un buen libro. Pero tenía que matar a alguien. Esa era la condición impuesta por mi secuestrador. La humedad de la habitación fría y oscura estaba provocando que me sintiera débil y sin fuerzas para hacer frente a esa situación. Me sentía perdida y engañada por la persona en la que había depositado toda mi confianza unos meses antes y que se había convertido en un desconocido sin corazón y sin piedad por las personas. 

El ruido de la llave abriendo la puerta me sobresaltó. Por la puerta entró Diego, alto como el Hyperión, el árbol más alto del planeta, fuerte y tremendamente atractivo. Allí estaba yo, sucia y despeinada, pero sin poder evitar sentir algo al verlo.

  • ¡Vamos! Levántate, ¡No estoy para perder el tiempo! –  gritó Diego agarrándome del brazo con fuerza.
  • ¿Cómo he podido quererte tanto? – pensé, mientras una lágrima caía por mi mejilla.

Cruzamos un pasillo largo y yo sentía que a mi lado tenía un extraño. Diego me miraba con rabia, su mirada ya no era la misma, era oscura y sin sentimientos. Abrió una puerta y al entrar en aquella habitación me quedé enmudecida, era una habitación acogedora, con detalles y unas vistas increíbles. A lo lejos se divisaba la isla británica de Dorset con sus espectaculares acantilados y el mar azulado que me transmitía tanta paz. Era un espacio soñado para todos

Sobre una de las mesillas, pude visualizar un libro y una rosa roja con una nota.

  • Diego ¿Tengo que matar a alguien, verdad? – miré a mi secuestrador con resignación.
  • Sí, no tienes otra alternativa si quieres salir de ese sucio agujero. Podría matarte en este mismo momento, no me tiembla el pulso, tú eliges- dictaminó rotundamente Diego.

Allí me hallaba, a punto de cometer un asesinato. Sin saber quién sería el condenado ante tal fatal destino. Meses antes, estaba acompañada de mi secuestrador, pero besándonos y abrazándonos. Fue el amor de mi vida, lo conocí en una tasca durante mis vacaciones en México. Unos tequilas y burritos fueron los culpables de unirnos, éramos el tándem perfecto y teníamos muchos planes hasta el día que desapareció en el momento más inesperado.

No supe nada de él, fue una tarde lluviosa en Weymouth cuando al montar en el coche un hombre apareció detrás mía con un cuchillo y me hizo inhalar con un algodón una sustancia que me sumió en un profundo sueño. La historia negra se inició aquí, al despertar y ver que estaba allí con Diego, pero que su mirada no era de amor, sino de odio. Los primeros días eran preguntas y más preguntas, de las que nunca tuve contestación. Meses después Diego me estaba incitando a cometer un asesinato y yo no veía otra alternativa. Tras meditar, decidí aceptar el trato, quería acabar con ese encierro, aunque sabía que me sumiría en una culpa infinita.

Mi secuestrador me cogió del brazo y me llevó a otra habitación. Al entrar pude observar a un hombre, alto y fatigado con una manta en la cabeza, sentado en una silla de espaldas. Mi cuerpo se estremeció cuando Diego me entregó una pistola y con fuerza gritó ¡Vamos, dispara! Cerré los ojos, empuñé la pistola y disparé el gatillo firmemente. El desconocido se desvaneció y cayó al suelo fuertemente. Asustada me acerqué corriendo al cuerpo, rodeado de un charco de sangre y cuál fue mi sorpresa al ver la realidad que tenía delante. Allí estaba un joven con un rostro idéntico a Diego.

Mi secuestrador había ganado la partida, no paraba de reír, me agarró por el brazo, me entregó una foto y horrorizada vi a dos hombres idénticos. Uní las piezas y entendí todo, había matado a Diego, aquel secuestrador no era él sino su hermano gemelo que necesitaba que el trabajo sucio lo hiciera otra persona. En ese momento sentí un fuerte dolor en el pecho y me desmayé, con ese último disparo había matado a mi amor, había acabado con mi vida.

El amor es un azar

Aquel sábado fue de esos preciosos días en los que el cielo tiene un color azulado que enamora y el sol aprieta fuerte, de esos calores sofocantes de pleno mes de julio, aunque estábamos en primavera. Ernesto daba un largo paseo por las calles de Águeda, aquella ciudad portuguesa donde siempre pasa algo, sea de día o noche, conciertos improvisados, desfiles, etcétera.

El joven paseaba bajo los paraguas flotantes que decoraban la avenida con su versátil colorido y resguardaban a los viandantes del sol. Se agachó para atarse el cordón de las zapatillas , pero alzó la vista hacia arriba y al contemplar el paisaje formado por los paraguas, no se le escapó un detalle, uno de ellos colgaba en un lateral roto y le faltaba la tela, por allí entraron los rayos del sol que se reflejaron en los cristales de sus gafas.

Ernesto era un hombre atractivo, su rostro varonil estaba marcado por las monturas de unas gafas que le daban un aspecto intelectual, bueno realmente no se lo daban, ya que lo era. En la universidad era uno de los profesores más respetados por sus alumnos a pesar de su juventud. Su facilidad con la pluma, su verborrea no excesiva, sino cautivadora y su mente privilegiada provocaban que las jóvenes del campus fantasearan con las sábanas de su cama y la poesía que desprendía en ella debido a su madurez.

Pero, no todas tenían la consideración del portugués, allí estaba Mariela, una joven dulce, romántica y delicada, a la cual Ernesto tenía constantemente en sus pensamientos. Se habían producido miradas furtivas en los pasillos de la Facultad, pero ninguno se había atrevido a dar el paso, ciertamente solo les separaban unos años de diferencia ¿Pero qué había de malo?. Ernesto estaba casado con Lucía, también profesora en el campus, tenían una relación idílica.

Era lunes por la mañana, la clase de biología del profesor Villaverde era la favorita para las chicas del campus. Para ellas se convertía en su café matutino, que les despertaba del sueño. Mariela salió a la pizarra a resolver la cuestión propuesta por Ernesto, en ese momento una tiza amarilla se cayó al suelo. Mariela se agachó a recogerla y el apuesto profesor también, al cogerla se entrelazaron sus manos y se miraron con un deseo que dejó a toda la clase en un silencio sepulcral. Disimularon ante tal espectáculo y prosiguieron con la lección.

Al finalizar la clase Ernesto se acercó a Mariela y le propuso tomar un café juntos, a lo que ella accedió. Quedaron en la zona habilitada para el profesorado, tuvieron una charla amena y divertida y sabían que aquello derivaría en un problema mayor. El profesor le propuso quedar esa noche, el primer lunes que cambiaría sus planes.

Todos los lunes el portugués iba a jugar al póker en una casa de los alrededores de Águeda, Lucía desconocía esto. La profesora pensaba que los minutos de los lunes por la noche eran para sus colegas y para una buena Sagres, sí la cerveza favorita de su chico. Pero ciertamente no era así, el profesor era un adicto del póker, tanto que en ocasiones había perdido bastante dinero.

Fue un lunes distinto para Ernesto, fueron a cenar a uno de los restaurantes más pequeños del barrio, pero con mayor encanto. Mariela estaba hechizada, había conseguido una cita con el adonis de la Facultad y lo tenía solo para él. Hablaron sin parar, se rieron mucho, pero el profesor miró el reloj y vio que era demasiado tarde y decidió finalizar aquella cita mágica. Acercó a Mariela a su casa, no podía dejar de mirarla en el coche, como ese vestido amarillo le resaltaba su piel bronceada. La consideraba una de las jóvenes más dulces del campus. Obnubilado al despedirse la miró y no pudo frenar sus instintos, la beso con fuerza y le dijo que lo suyo no podía ser solo eso, que en ella veía algo más.

A partir de ese momento sus encuentros furtivos se hicieron frecuentes. Los lunes de póker fueron sustituidos por los lunes con Mariela. El joven le regaló una moneda de dos caras con sus iniciales, ella un libro dedicado con sus palabras y un beso marcado con un pintalabios. Esa doble vida le provocaba a Ernesto una felicidad máxima.

Hasta que un día, el profesor llegó a su casa y encontró a Lucía llorando, había descubierto el libro dedicado de Mariela. Solo quedaban las tapas del libro sin las páginas, que la profesora había arrancado al enterarse de la traición. En el suelo una agenda con solo un número de teléfono apuntado, el de Mariela. El que había marcado y la joven había contestado.

Lucía echó a Ernesto de casa y éste fue a buscar a Mariela a la casa que se había convertido en el refugio de sus pasiones. El profesor tocó el timbre varias veces y no hubo respuesta, llamó a Mariela y ésta no respondía. Finalmente pudo entrar por la puerta trasera y notó el ambiente extraño.

No paraba de llamar a Mariela, pero ésta no respondía. Fue recorriendo los pasillos del hogar y al adentrarse en la habitación observó tirada en el suelo una carta con un as de trébol con varias manchas de sangre y sus latidos empezaron a acelerarse. Cruzó el salón y allí estaba la joven tendida en el suelo con un fuerte golpe en la cabeza y una mirada aterradora. Ernesto impactado solo pudo acariciar su bello rostro y llorar sin parar.

El profesor tenía unas deudas pendientes, que había arrastrado en sus antiguas partidas de póker, aquellas que tenía olvidadas por culpa del amor de Mariela, pero que sus enemigos le habían refrescado eliminando a la que sin duda se había convertido en el amor de su vida y que el azar se había encargado de matar.