Ya lo dijo Maná en su canción ‘Amor Clandestino’ : «Mi amor clandestino en el silencio el dolor, se nos cae todo el cielo de esperar, inevitable casi como respirar, se nos cae todo el cielo, de tanto esperar». Y eso debió pensar la protagonista de mi microrrelato de hoy. Sí, no está bien decirlo, pero el amor en ocasiones no entiende de confinamiento e incluso llega a convertirse en una droga, peor que el chocolate y que el satisfyer ( Y os lo digo yo que soy una drogadicta de estos dos vicios).
Pues resulta que el otro día Penélope, así voy a llamar a mi novia clandestina, cogió la bici y fue a ver a su amado clandestino, al que llamaré Diego, de forma ilegal. Yo no estoy a favor de saltarse el confinamiento en época de cuarentena y con el tema de coronavirus menos, pero la escuché atenta para que me contara su aventura amorosa, propia de un capítulo de un libro de Elísabet Benavent.
En este capítulo Penélope quería preparar una maratón y por ello se dispuso a coger la bici, no sé si se creía Miguel Indurain o le apetecía hacer una sesión fit. Ya sabemos que estas fechas de confinamiento son malísimas para el body. Que me lo digan a mí que a este paso voy a traficar con harina, no sé los bizcochos y postres que habré hecho estos días, pero os aseguro que de aquí salgo con 20 kilos de más y abriendo un restaurante. Bueno a lo que iba, Penélope salió de su casa y fue recorriendo las calles al estilo Pablo Escobar e intentando evitar a la policía, solo le faltaba ponerse la capucha (bueno no sé si la llevaría) para parecer a Elliot volando con la bici, en la escena de E.T. Según me lo iba contando, tengo que confesar que me lo fui imaginando. Cuando llevaba medio camino, apareció un coche de policía y sí, tuvo que meterse en un callejón, yo le pregunté si era el clásico callejón chungo de película americana o el propio de la escena en la que Spiderman bocabajo le da un beso a Mary Jane, pero no, yo me había montado una historia muy peliculera. Cuando estaba a pocos metros de llegar a casa de Diego y haber vivido al borde de la ley llegó al parque, allí estaba una patrulla al estilo Torrente, porque para no decirle nada ni multarla no entiendo otra cosa, pero sí fue así.
Siempre le he dicho a Penélope que tiene el don y la suerte del sex apple, por supuesto yo no estoy en ese nicho de mujeres. A mí lo mínimo que me hubiera pasado es una caída en bicicleta y una multa de 600 €, pero así está repartida la suerte. En fin que al final llegó a casa de Diego, jugaron al parchís y no va con segundas y tuvieron un finde al estilo Cincuenta Sombras de Grey y una despedida, no sabemos si al estilo Titanic. Porque si no naufragamos con lo que está pasando señor@s yo también quiero vivir un amor así, un amor clandestino.
FIN