En mi lista de la compra ocupaba el puesto número 7 y una piensa <<¡toma ya! acabo de convertirme en «Anastasia Steele»>>. Pero, luego se da cuenta que vive en la vida real y que tiene bastante personalidad y edad como para soportar a un Christian Grey, y más si es de Aliexpress. Y os preguntaréis por qué acabé entre las sábanas de uno, pues porque una tiene ese espíritu aventurero, le encanta la investigación de método y explorar todo lo que conlleva en el terreno sexual. Vamos la Indiana Jones en versión femenina que en vez de buscar un arca perdida, intenta encontrar un hombre decente, pero se topa con esto.
Volví a navegar entre las famosas «apps del verdadero amor» y me topé con Christian, éste no era su nombre, pero me llamó la atención. A simple vista, un tío atractivo, abogado mercantil (sí, mi obsesión con los «hombres de ley»), que tenía un pedazo de ático en la zona de Nuevos Ministerios. Un pack completo vamos. Como yo soy más del face to face , pues le propuse quedar y conocernos. La primera toma de contacto fue bien y acabamos enrollándonos, pero sin pañuelos, ni esposas de por medio. A veces me resultaba un poco snob, por las cosas que me contaba, pero otras me parecía un tío de mundo, que había viajado mucho y que podría ser interesante conocer.
No obstante, él me dejo las cosas claras en la primera cita. << Yo no dejo que ninguna chica duerma en mi casa, enturbia mi aura personal y me parece que la cama es algo muy íntimo. Si es así le pago un Cabify antes de que finalice la noche y que vuelva a su casa>> y más o menos eso es un adelanto de lo que me pasó, pero todavía no quiero adelantaros el final. Y vamos que yo entiendo que cada uno tenga sus principios bien definidos. Pero ya veréis como muchas veces tiran estos por la borda.
Tuvimos unas pocas citas, pero la tensión sexual era clarísima. Así que muchas veces acabábamos en su ático haciendo travesuras e interpretando escenas de Cincuenta Sombras de Grey. Sí, no miento, tenía un arsenal de juguetitos, pero no los usaba como el Christian Grey original, más bien, iba de enterado y open mind. Con ese apodo se quedó para mí y para una amiga, porque hasta me propuso ir a un local liberal para experimentar algo nuevo. Vamos que éste quería una bacanal o algo ya que yo le ponía perrísimo y quería que fuese conmigo. Pero se quedó en una «bacaout», porque yo quedé fuera de sus expectativas. Y luego resulta, que un día hablando del tema de las apps con una amiga, caímos en que las dos habíamos coincidido con el señorito. Es lo que tienen estas apps de ligues que al final todos estamos metidos en esa jungla. Ella me dijo que su cita había sido un desastre y tenía que haberla hecho caso, pero como siempre me van los retos.
Estaba claro que de ahí no iba a salir una bonita historia de amor. Él no era aburrido hasta el sopor, ni celoso compulsivo como el auténtico. Pero, resulta que la cagó, el día que me dejó tirada a mitad de noche, en la que me tocó costearme un taxi y en la que su excusa fue el jet lag, tras su viaje newyorkino. Después de ponerme en una encimera y utilizarme como un vibrador masculino a mil revoluciones y satisfacerse de forma rápida exprés, me invitó de la forma más sutil a abandonar su casa.
Él pensaba que tras el portazo y mala cara que le puse, habría un whatsapp o una llamada. Lo único que queda es un bloqueo en todas mis redes sociales, un Christian Grey de Aliexpress, unas cuantas botellas de vino blanco en mi sangre, el aprendizaje de diversas posturas sexuales , ¡am! y un intento de sado, en la que por supuesto, yo era la dominante.