Padre nuestro, que estás en Tinder

Pues un año después vuelvo a estar enfrente de mi ordenador, meditando si me han puesto dos velas negras o que de aquí a que me entierren seguiré teniendo mala suerte en el amor. Sí, he vuelto a reactivar Amor en tiempos de Tinder, porque en esta vida si una no se ríe de sus desgracias… ¿Y os preguntaréis en qué he cambiado? Pues que ya no aguanto a gilipollas ni un nano segundo, así que puede que el volumen de historias crezca en el blog. Al final, de algo tengo que rentabilizar mi fracasada vida amorosa. Aunque yo no me considero un fraude, considero que sólo doy con tarados emocionales y especialistas en ghostings, que últimamente de eso sé mucho. Am! y bueno de love bombing, en mi Instagram de Doctora Tinder, podéis informaros sobre ello.

En abril, volví a activar en modo misil las apps, sin expectativas la verdad y me topé con El individuo (apodo que se lo ha ganado por una de mis amigas). La verdad que el chaval era interesante, cercano a la cuarentena, con un puesto de trabajo en condiciones y casa propia (milagros de la vida). Tras haber estado semanitas hablando y él vendiéndome un mundo ideal, decidimos quedar en Cuatro de ocho, un bar muy chulo de Alonso Martínez, con vinoteca y cervezas ricas. Visualmente el sitio tenía mucho encanto, claro era un terreno fácil para ganarse mi confianza.

El individuo llegó a recogerme a la salida del metro Tribunal, guapete la verdad. Un rollito alternativo chic, que hacía juego con su moreno de piel. Y una sonrisa brutal. Además que era un tío con labia, conversación y uff eso a mí me lleva al cielo. La cita fue de 10 la verdad, entre vermús y nachos caseros todo sabe mucho mejor. Nuestra cita fue como un capítulo de ‘The Bear’: imposible seguir el ritmo, pero adictivo. Luego fuimos a tomar unas copas en El Ojalá (en Madrid también tenemos playa) y allí la cosa se puso más interesante, cuando me di cuenta lo tenía sentado a mi vera y nos besamos como si estuviéramos en una telenovela de sobremesa: exagerado, ridículo y absolutamente necesario.

Esa semana el efecto love bombing estaba siendo efectivo, como una fucking droga y yo estaba a punto de pegarme la hostia. Tras una semanita hablando sin parar, me dice que tiene ALGO IMPORTANTE QUE DECIRME. Pensé «que noticia me va a soltar este hombre», mi creativa mente empezó a imaginarse miles de cosas. Lo que no sabía era que iba a estar en lo cierto con una de ellas. «¿Comemos este viernes y hablamos?» me dijo El individuo.

Llegó el día y tras una charla larga, fue como un Viernes Santo: todo se detuvo, el aire se puso denso, y yo me quedé esperando la resurrección… pero solo llegó el postre y su confesión: tenía una hija de cinco años. Amén. “Yo esperando pasión, y él soltándome su viacrucis: ‘soy padre’. Tengo que confesar que me lo esperaba, pero otra parte de mí quería borrar esa idea de mi cabeza. Tenía que procesar toda esa información de mi disco duro, era algo importante, pero yo soy una chica que le van los riesgos y quise tomarme ese fin de semana como de contemplación.

Pero cuando una contempla, el otro huye y así lo hizo El individuo. El lunes al no saber nada de él, lo llamé y como respuesta tuve dos melódicos tonos de llamada y un silencio. En efecto, el ghosting volvía a hacer acto de presencia y yo sólo me llevo un chupetón que me dejó en el cuello y el chocolate picante que me regaló, ya que tenía un descuento vitalicio en chocolates Lindt.

Pues nada, me dejó marcada como res, me endulzó con chocolate y luego hizo ghosting. Romance exprés, edición limitada.

Détox love, se cierra el ciclo

Aquí estoy enfrente de mi ordenador, con una alerta metereológica recién emitida, con 25 grados en mi casa y temperatura elevada. No precisamente por estar con calentón o por deseos sexuales, sino por evitar que este calor me lleve a la tumba. Y eso que yo soy del team verano, pero tengo que confesar que mis ganas de matar aumentan y que necesito urgentemente una piscina, playa o un helado bien fresquito.

Que curioso es el ciclo de la vida, parezco el guionista del Rey León. Estoy escribiendo mi último post (por lo menos hasta fecha de hoy) de Amor en tiempos de Tinder y lo cierro prácticamente con el mismo título con el cual lo empecé y con 21 historias a mi espalda. Mi fase asexual ha precipitado esa caída, he desinstalado las apps de ligue de mi móvil, estoy cansada de tipejos, me interesa más el mapa del tiempo que los hombres y empoderarme como mujer. No los odio, porque en esta vida también hay santos, pero creo que estoy en una fase que necesito tranquilidad y centrarme en terminar las temporadas de Bridgerton, en vez de perder el tiempo en ser yo la protagonista de salseos amorosos.

Lo hago justo en verano, cuando aumentan las posibilidades de que un maromo se acerque a mi vida, pero sinceramente no me apetece un entretenimiento virtual, perder vista frente a la pantalla y esperar que sea el de la foto el que acude a la cita. Estoy cansada de entrevistas, de miedos, de ghostings, de cambios de actitud y de falta de interés. Solo me interesa ser una bichota comiéndose el mundo, viajando, disfrutando de momentos, de mi gente, de mi familia y de mis amigos. Confieso que estas historias hicieron reírme mucho, sobre todo al escribirlas y pensar…. «¿en qué momento amiga?» ; pero como diría Karol G qué hubiera sido si antes no los hubiera conocido (bueno he cambiado un poco la letra), pues que no podría haber escrito estas maravillas de microrrelatos. Escribir siempre me da mucho más de lo que me quita, es un acto de amor que sana y ayuda.

En cuanto a mi situación actual podríamos establecerla muy parecida a mi primer capítulo: Solterona con peso desconocido tras toneladas de comida peruana, alcohol en vena y cenas desmesuradas gracias a las vacaciones de verano. Estoy a esto… de llevar braga faja y sigo sin encontrar a mi Mr. Darcy, eso sí, no estoy desempleada.

Pues hora de la muerte de Tinder: 10:14 horas un 20 de julio de 2024. Lo que viene después lo desconocemos.

FIN

Yo, la Grinch de San Valentín

La cuenta atrás para celebrar el «día del amor» está cerquita. Este 14 de febrero me tocará estrenar bragas nuevas, pintalabios rojos y pasarme por el supermercado a por un vinito tinto, porque yo soy como decían los Estopas «como un vino tinto, que si me tomas en frío engaño, y con los años me hago más lista». Por eso voy a tener una cita conmigo misma.

Sí, formo parte del grandioso club de la soltería, pero que conste como decía Ana Millán «yo puedo estar soltera, pero no sola». Confieso que en época invernal el acompañamiento, junto a la manta, Netflix y palomitas es algo que se demanda. Pero básicamente porque el calor corporal siempre es un aliciente, yo me tengo que conformar con la manta que me cosió mi abuela hace unos años. Esas de lana gorda, que abrigan de narices. Y verme una romántica, pero no La boda de mi mejor amigo, Love actually, El diario de Noa o E.T (sí, no me digáis que la relación entre E.T y Elliot tenía un rollito raro. Y además es de las pelis con las que más he llorado en mi vida). Esta vez mi peli romanticona es Griselda, bueno mini serie en este caso. No hay nada más melodramático que unos cuantos disparos, cabezas cortadas y roneo latinoamericano.

A estas alturas acabaré como Vicenta de Aquí no hay quien viva, solo celebrando el santo de mi perro llamado Valentín. Yo lo que más disfrutaba de mi época en pareja y celebraciones de San Valentín, eran las quedadas foodies para celebrar este día. Ya que como dijo Julia Roberts, en Come, reza y ama “Estoy enamorada, tengo una relación con mi pizza” y en efecto todos me conocen lo que amo comer. Han sido de las relaciones más duraderas que he tenido en mis 36 años de mi vida. Yo he tenido muchos rollos culinarios; con una pizza, con una hamburguesa, con unas bravas, con unas croquetas, con una lasaña y podría estar rodeada de amantes infinitos.

El otro día me encontré con un artículo en el cual te recomendaban 11 regalos divertidos y nada ñoños para el día del amor. Sí, es lo que tiene este día que se asocia a romanticismo empalagoso. Y entre los que detallo los siguientes regalos:

No he encontrado la vacuna a mi transformación a Grinch de San Valentín. El invierno me provoca mal humor, noto que me ha salido bastante pelo, y no es solo el bigote. Ya no estoy pálida, más bien parezco un árbol de Asturias, porque he adquirido un color verdoso precioso. Mi alergia hacia el romanticismo sigue en aumento, el Grinch de la peli vivía en una caverna en lo alto de la montaña Crumpit, yo no vivo ahí, pero estoy a esto de pirarme.

Tinder sigue decepcionándome, aburriéndome y quitándome tiempo y espacio en mi móvil. Actualmente soy asexual o me he vuelto exclusiva, ya que solo quiero disfrutar con mi Satisfayer.

Cuando Goliat ganó a David

Llevaba meses sin visitar mi blog y ya tocaba refrescar un poquito esto, ya sabéis nuevos propósitos del año 2024. A fecha de hoy, sigo sin protagonizar una comedia romántica y me estoy volviendo la Grinch del amor. En parte que este personaje sea de mi color favorito ayuda y además el verde me sienta de maravilla. ¿No decían que quién se viste de verde por guapa se tiene? pues esa soy yo.

¿Os acordáis de la historia de David y Goliat? la victoria del pequeño frente al grande, del desvalido frente al poderoso. Pues en el mundo del amor se invirtieron las tornas y la Goliat femenina venció a David, en concreto a unos tres. Esta vez no fue con una honda, sino con la indiferencia ante un Ghosting y el renacer para convertirla en una gigante y esta vez no era el de la Biblia.

Ser mujer en este mundo moderno es complicado y más cuando piensas que ha aparecido el amor de tu vida y a los segundos, es el fantasma de tu vida. En la vida de la pequeña Goliat se cruzaron los David equivocados. Y os los puedo enumerar en estas breves líneas:

La terapia de David por la psicóloga Goliat

Parecía que un tío inteligente, con las ideas claras y las ganas de crecer había aparecido en su vida. Las primeras cervezas y risas llevaron a pensar eso. Pero acabó convirtiéndose en un paciente de consulta, volvía a ser la psicóloga de los miedos de un chico inseguro, que hablaba de su ex y la pequeña Goliat sin saberlo era una tirita más para olvidarla. Lo bueno de esta historia es que la llevó a una hamburguesería de vicio y ya puede apuntarlo en su Google Maps de sitios a visitar en su móvil, es lo que tiene que ella sea una foodie en potencia. Por un momento pensó que bueno acabarían dándose el revolcón en el coche, después de que él le preguntara ¿cuándo tienes la casa sola? , pero todo se quedó en un idílico pensamiento. Ya que el señorito tenía frío y no quería que a la pequeña Goliat se la helara el culo. Por más que ella intentaba ponerle acción y chispa a las citas, el aburrimiento siempre estaba presente. Intentó solventarlo con palomitas, coca cola y un partido de baloncesto, pero lo único que resolvió es que cada uno estuviera más atento al partido que a ellos mismos. Además siempre era cuando él quería y podía. Cansada de esto, lo borró, lanzando su arma letal y cuando quiso volver a saber de él, vio como disfrutaba de su ex en unos cuantos stories en Instagram. Ahora ha salido corriendo, tras esa terapia y ha observado que David número 1 sigue practicando el orbiting y la pequeña Goliat lo ha dejado fuera de su órbita.

David y la pequeña Goliat juntos en un columpio

Los columpios siempre me han gustado, desde chiquitita. Pero la de cosas que una no se imagina que pueden ocurrir aquí. Una tiene los pies mataos de tanto andar, un hambre que se comería al primer peregrino que aparece por el Camino, pero cuando aparece un chico interesante, se olvida del cansancio y del hambre. Lo que le gusta a una ligotear en tierra desconocida, abrir el Tinder y encontrarte con las novedades autóctonas que ofrece el Camino De Santiago. Una de ellas era David número 2, cinéfilo, erudito, emprendedor, el príncipe que todas queremos. Con una sonrisa que puff… derrite a cualquiera. La pequeña Goliat acabó cayendo a ese embrujo gallego, a la labia que tienen algunos chicos del Norte. A los paisajes idílicos de las Rías Baixas y a los paseos por pueblecitos que enamoran. Acabó también en un columpio, convirtiéndose en la cena de David, a pesar de que habían comido hamburguesa. Creo que la pequeña Goliat lo pondrá en las reseñas de Google como «el columpio en O Viso, mejor enclave turístico para comerte el…» y ahí lo dejo. No sé si la pequeña Goliat vio las estrellas por las espectaculares vistas panorámicas de la ría de Vigo, las Islas Cíes y los alrededores o porque tuvo un orgasmo de esos que flipan. El mejor souvenir que te puedes llevar de un rinconcito turístico, el clásico amor de verano, que se queda en eso y ya está. Porque después de decirle a la pequeña Goliat que volvería a verla en un futuro, desapareció y eso que no tenía que ver nada con las Meigas.

David «el intento de Steve Jobs»

Este último era un intento de Steve Jobs, un coach que te quiere reconducir y que se cree el rey del mambo. No sé si se había estudiado media enciclopedia, pero el chico tonto no era, lo que pasa que todo lo empañaba porque básicamente te decía «tía ¿tú qué estás haciendo con tu vida?» y ahí de prepotencia a él no le ganaba nadie. Que las conversaciones eran interesantes y diferentes, sí, que tú eras una mediocre para él, también. Pero sabía que si te enseñaba su culito anatómicamente perfecto, te ibas a cegar por completo. Así que la pequeña Goliat cedió y acabó en las sábanas de David, frente a un espejo, teniendo sexo rico durante unos días, hasta que la magia del Ghosting hizo su efecto.

La pequeña Goliat se ha quedado perpleja ante este fenómeno del destino, conocer en seis meses seguidos a un número indescriptible de ligues con el nombre de David. Llegó a pensar que era un fenómeno de esos que se conocen como paranormales o si era algún mensaje divino. Lo más alucinante es que cada David era un universo diferente, pero todos unos fantasmas de cuidado.

El próximo capítulo… se está cocinando y también se llama David. ¿La pequeña Goliat, que ahora es una gigante, lo pasará a formar parte del club de fantasmas? Como dicen en el cine to be continued…                              

César y Cleopatra versión 3.0

Todas sabemos los desastres que nos vamos encontrando por Tinder; Christian Greys de Aliexpress , chefs que desaparecen , etcétera. Que sí, que muchas veces somos nosotras las que nos llevamos la peor parte, pero ellos también tienen que lidiar con un universo muy interesante de mujeres, tanto que hasta pueden protagonizar los mejores thrillers y sagas que harían más extensas las películas de Liam Neeson, en las que siempre hay un secuestro de por medio.

Pues resulta que el otro día me contaron una historia de esas, podríamos decir que César, se topó con su Cleopatra particular, pero esta vez no por ganas, sino por accidente. Él solo pensó que no habría mejor plan que huir de este calor de 40º en una casa de una desconocida, a la que endiosó por tener aire acondicionado. Pero, es que con la ola de calor, cualquier nombraría diosa del Olympo a una persona que dispone de él y no de un ventilador, que va a ratos bien y a ratos mal, como dispone aquí la que escribe este microrrelato.

César quedó con su Cleopatra, pensó casita, cerves, risas y aire acondicionado. Pues resulto que su plan iba a convertirse en un scape room. Cuando llegó a casa de Cleopatra, Egipto no era tan maravilloso y el discurso de ella tampoco mejoraba el ambiente. Personalidad muy extravagante y un discurso muy elaborado y preparado. El imperio romano se venía abajo, César solo pensaba en la mínima excusa para salir corriendo. Cleopatra en cambio tenía un calentón de narices, que cuando el emperador le dijo que tenía que marcharse por causas ajenas, se quitó toda la ropa y así «sutilmente» le dijo: No te vayas anda, follemos. Esta claro que las Cleopatras del mundo moderno son decididas, ¡domingas al aire y potorro a refrescar!; imaginaros como Julio César del mundo moderno se quedó. A cuadros, estaba claro.

Esto se convirtió en una lucha de gladiadores, Cleopatra solo pensaba en que Julio César le diera su medicina y César buscaba la salida de emergencia. Pero salir de ahí no fue fácil, cuando quiso abrir la puerta, la llave estaba echada. Vamos que iba a ser complicado salir de aquella casa, volvió con cierto receló y pensando << mierda, me han secuestrado>>. Cleopatra volvió a insistir, quería que entre sus sábanas ardiera Roma. Pero César quería no verse envuelto en un complot, que nos traslada a los Idus de Marzo. Así que cuando ésta le abrió la puerta, aliviado pensó <<no me vuelven a engañar con un aire acondicionado>>.Cuando miró atrás, Cleopatra con sus encantos al aire le reclamaba faena, él solo pensaba Álea iacta est (la suerte está echada) y salió corriendo como si no hubiera un mañana.

Liquidación de bragas y recuerdos

Liquidar mis bragas, eso es lo que me gustaría a mí. No, por falta de uso, sino por falta de sex apple. Estoy preparando la maleta para mis próximas vacaciones y a este paso, con los modelitos de ropa interior que llevo me van a detener, pero por anti-sexy. Si ya estoy jodida en las apps de ligue, con esto me dan la medalla de honor. Mi celulitis corporal tampoco ayuda.

Sí, ando con una racha malísima de narices. No ligo nada, no sé si es por mi desgana de vivir o porque solo me topo con inadaptados de la vida. Algún match cae , pero ¿en qué se queda? en dos párrafos de habladurías y bye, bye. Fíjate que me va tan mal en las aplicaciones de ligoteo, que he vuelto a recordar a mis rolletes de hace siglos. Las malditas series de Netflix, he terminado la temporada 3 de Valeria y su afán por removerte recuerdos.

Ellos me odiarían si su nombre apareciera por aquí, así que les regalaré un pseudónimo o me limitaré a obviar su nombre. Sí , Marlon Brandon, así llamaré a mi doblador de voces y no precisamente me refiero al chef, que de ese ya hablé en el capítulo 15, esta vez hablo del top. Un doblador de voces, que entre su doblajes estrella, estaba el ser la ardilla Alvin. No es mágico hacer match con una persona así. Fíjate que me recordó a Bruno, de la serie Valeria, porque era padre divorciado, intenso, con un pisito chulo de narices en pleno Paseo de la Castellana y con «las ideas claras» o eso me parecía a mí en los inicios de nuestro «enamoramiento». Son de esas historias chulas, en las que conoces a una persona brillante, lista, divertida y buen amante en la cama. Que sí, que te saca unos cuantos años y que tiene dos hijos, pero a una le gusta arriesgarse. Que se pone muy intenso ya que a los dos días de conocerte te quiere llevar a una gala al estilo los Goya, pero en Asturias, que tú te asustas y le dices,<<no quiero etiquetas>>. Que le frenas y le rompes el corazoncito y que luego cuando te pillas él te dice, ¿abrimos nuestra relación? y tú lo único que quieres abrir son las piernas, pero que él no descubra más piernas, solo las tuyas. Pero que luego ya es tarde, él te enseña su nuevo proyector de cine, pero esta vez no puedes compartir película y palomitas con él, ya que ya lo hace otra. Ahora también comparte ese sofá con los pañales de sus gemelos, sí una que le da por stalkear Instagrams ajenos.

Que a los meses te pasa lo contrario, esta vez sin apps de por medio. En mi bar favorito de La Latina, nos une una conversación de superhéroes en el baño, que no sabes cómo te lo ligas, pero consigues su teléfono la primera noche y que todos los días me regala un mensaje bonito. Hasta que llega por fin nuestra primera cita, recorremos el pasillo de El Resplandor, nos hacemos un selfie con las niñas. Tonteamos con la película La Naranja Mecánica de fondo y tras una borrachera de croquetas y pisco sour, acabo dando las campanadas en los balcones de La Plaza Mayor. Y no, no me refiero a comer las uvas, más bien otra cosa. Que te dicen: <<Quiero volver a verte y cocinar contigo. Ha llegado tú chico del norte, el que tanto buscabas. Me flipas>>, que te subes las bragas y que en los días siguientes ni hay chico del norte, ni menú especial.

Sí, este calor, me ha hecho replantearme y pensar: «¿qué estaré haciendo mal en esta vida amorosa?» ; «¿tendré canas en el mojo?»; «¿este veranito volveré a tener una noche experimental como el de 2022?»; no lo sé. Pero, aquí sigo rellenando microrrelatos e intentando liquidar mis fracasos amorosos y mis bragas descosidas.

Christian Grey de Aliexpress

En mi lista de la compra ocupaba el puesto número 7 y una piensa <<¡toma ya! acabo de convertirme en «Anastasia Steele»>>. Pero, luego se da cuenta que vive en la vida real y que tiene bastante personalidad y edad como para soportar a un Christian Grey, y más si es de Aliexpress. Y os preguntaréis por qué acabé entre las sábanas de uno, pues porque una tiene ese espíritu aventurero, le encanta la investigación de método y explorar todo lo que conlleva en el terreno sexual. Vamos la Indiana Jones en versión femenina que en vez de buscar un arca perdida, intenta encontrar un hombre decente, pero se topa con esto.

Volví a navegar entre las famosas «apps del verdadero amor» y me topé con Christian, éste no era su nombre, pero me llamó la atención. A simple vista, un tío atractivo, abogado mercantil (sí, mi obsesión con los «hombres de ley»), que tenía un pedazo de ático en la zona de Nuevos Ministerios. Un pack completo vamos. Como yo soy más del face to face , pues le propuse quedar y conocernos. La primera toma de contacto fue bien y acabamos enrollándonos, pero sin pañuelos, ni esposas de por medio. A veces me resultaba un poco snob, por las cosas que me contaba, pero otras me parecía un tío de mundo, que había viajado mucho y que podría ser interesante conocer.

No obstante, él me dejo las cosas claras en la primera cita. << Yo no dejo que ninguna chica duerma en mi casa, enturbia mi aura personal y me parece que la cama es algo muy íntimo. Si es así le pago un Cabify antes de que finalice la noche y que vuelva a su casa>> y más o menos eso es un adelanto de lo que me pasó, pero todavía no quiero adelantaros el final. Y vamos que yo entiendo que cada uno tenga sus principios bien definidos. Pero ya veréis como muchas veces tiran estos por la borda.

Tuvimos unas pocas citas, pero la tensión sexual era clarísima. Así que muchas veces acabábamos en su ático haciendo travesuras e interpretando escenas de Cincuenta Sombras de Grey. Sí, no miento, tenía un arsenal de juguetitos, pero no los usaba como el Christian Grey original, más bien, iba de enterado y open mind. Con ese apodo se quedó para mí y para una amiga, porque hasta me propuso ir a un local liberal para experimentar algo nuevo. Vamos que éste quería una bacanal o algo ya que yo le ponía perrísimo y quería que fuese conmigo. Pero se quedó en una «bacaout», porque yo quedé fuera de sus expectativas. Y luego resulta, que un día hablando del tema de las apps con una amiga, caímos en que las dos habíamos coincidido con el señorito. Es lo que tienen estas apps de ligues que al final todos estamos metidos en esa jungla. Ella me dijo que su cita había sido un desastre y tenía que haberla hecho caso, pero como siempre me van los retos.

Estaba claro que de ahí no iba a salir una bonita historia de amor. Él no era aburrido hasta el sopor, ni celoso compulsivo como el auténtico. Pero, resulta que la cagó, el día que me dejó tirada a mitad de noche, en la que me tocó costearme un taxi y en la que su excusa fue el jet lag, tras su viaje newyorkino. Después de ponerme en una encimera y utilizarme como un vibrador masculino a mil revoluciones y satisfacerse de forma rápida exprés, me invitó de la forma más sutil a abandonar su casa.

Él pensaba que tras el portazo y mala cara que le puse, habría un whatsapp o una llamada. Lo único que queda es un bloqueo en todas mis redes sociales, un Christian Grey de Aliexpress, unas cuantas botellas de vino blanco en mi sangre, el aprendizaje de diversas posturas sexuales , ¡am! y un intento de sado, en la que por supuesto, yo era la dominante.

¡Estate quieto Flash!

El TDAH comprende una serie de problemas crónicos, tales como la dificultad para mantener la atención, la hiperactividad o los comportamientos impulsivos. Vamos viene a ser lo que de forma común, conocemos como «ser un culo inquieto». Pues la pandemia me regaló un encanto de chiquillo, pero que padecía este trastorno. Y a mí, que me encantan los retos quise saber lo que sería enamorarme de una persona así.

Pues conocer a este chico fue como una montaña rusa, de esas que o te quieres bajar o te enganchas por culpa de la adrenalina. Tengo que confesar que a Flash, lo voy a llamar así, porque seguirle el ritmo no era fácil. Lo conocí en época de pandemia, cuando la única compañía que tenía era mi novela y las cuatro paredes de mi habitación. Lo que pasa que también yo durante ese tiempo estaba intentando conocer al tan famoso Fiscal del Amor, el que me ejecutó una condena de culpable, así que decidí cambiar de bando y me pasé a un ingeniero.

Los chicos ingenieros «suelen» ser centrados, organizados, responsables, amorosos. Pensé: ¿de aquí no puede salir nada malo no? Pero mi ingeniero, empezaba a construir la casa por el techo y no los cimientos. Lo que me gustó de Flash, es que era un chico de mundo. Había vivido mucho tiempo en Francia, era un chico independiente, vivía solo y también era una bomba explosiva en la cama. Ahí lo de Flash era no por la corta duración, sino por la rapidez en provocarme multiorgasmos. Además era bueno en la cocina, aún recuerdo ese arroz negro con calamares que me preparó en su casa y nuestras cenas siempre estaban acompañadas de un buen vinito, porque claro esto de haber vivido en Francia durante muchos años le daba caché a la hora de elegirlos.

Pero, lo que no sabía yo, era lo que había detrás. Hasta que un día, tuvimos una conversación en la que me dijo: <<Llegaré tarde, tengo que ir al loquero>> y mi respuesta fue <<¡Am, que vas al peluquero!>> (sí, pensé que el corrector le había jugado una mala pasada). Pero su respuesta fue: <<No, el loquero, tengo TDAH>> . Yo, ahí pensé, mierda le he mandado a cortarse el pelo. Aunque también lo necesitaba, porque llevaba una melenita extra large.

A partir de ese momento, nuestra relación fue un poco caos. Yo era prácticamente su Google Calendar, porque como iba a mil revoluciones por minuto, a mi me tocaba recordarle todas las quedadas juntos. O las veces en que su respuesta era un mes después o me respondía otra cosa. Mira, si hay algo que le agradezco, es que pude desarrollar mi paciencia como nunca, cosa que en los aries es complicado, porque somos demasiado impacientes. Aun recuerdo entre risas, el día que quedamos para comer a una hora determinada y acabamos degustando los platos gourmets dos horas después y yo tragándome una película completa en el salón de su casa. Él, adivinar que estaba haciendo. Pues limpiar la casa y con lejía, y eso que no era Damer ¡eh! y cocinar de forma compulsiva. Yo en un sofá, mirándolo con cara de circunstancias y esperando que eso lo arreglase con una maratón de polvos. No podría continuar eso bien.

Ahora es 30 de noviembre y no tengo noticias de él desde agosto. Bueno miento, la última vez que lo vi, fue en la calle, cuando me acerqué a saludarle y a él se le quedó cara de ¡tierra trágame! , a lo mejor se ha olvidado que tiene que responderme al último whatsapp que le mandé. Lo que pasa que una se ha cansado de ser un Google Calendar y de montar en montañas rusas. Otro ghosting más para mi lista de conquistas. A este paso me llaman para hacer la próxima película de Ghostbusters.

Showcooking de pintxos vascos e indigestión emocional

Todos saben lo que me gusta comer, digamos que lo considero mi pasatiempo favorito. Eso y devorar libros, otra de mis aficiones. Pues resulta que me apetecía menú del día y volví a entrar al supermercado de carne fresca, lo que todos conocemos como aplicaciones del amor exprés o líquido. Estaba actualmente en dieta détox, pero un dulce no le amarga a una, así que volví a indigestarme con un ultra procesados de cuidado.

Y allí apareció mi famoso chef, sí, tengo debilidad por lo que veo por ellos. Ya sé que hace unos años uno de ellos me hizo ghosting, pero debe ser que no aprendí la lección. Esos y los hombres de ley, están en mi órbita de últimos ligues de aplicaciones. No sé como lo hago, pero aparecen siempre. Pues resulta que «Arguiñano» supo llamar mi atención con sus dotes culinarios y sus frases hechas. Yo ya me imaginaba como la protagonista de From Sractch, viviendo en Florencia y pasando noches locas con un chef, tremendamente apetecible. Eso de ligarte a un chico, al que se le da de lujo la cocina, es una maravilla, lo que pasa que a veces puede provocarte una indigestión.

Pues resulta que estuvimos mensajeándonos sin parar, un non stop en toda regla. Y además a base de audios, porque menuda vocecilla tenía el niño, podía ser el próximo doblador de voces de Brad Pitt, ¡Que sexy! si es que me abonaba a sus podcast de por vida. Pero claro, no es jamón de pata negra, todo lo que reluce. Bueno así no era el refrán, pero siempre me gusta improvisar. Le propuse la idea de conocernos en la primera cita en una clase de pintxos vascos, me gusta ser original con las citas y pese a sus primeras negativas, al final le pareció una idea genial.

Quedamos primero para una cerves, las primeras tomas de contacto son la prueba de fuego y transcurrió de vicio: conversación interesante, tapas ricas, cervecita de barril. Pero bueno, tengo que decir que era un foodie en exceso y eso me provocó algo de indigestión. Me sentía como en un concurso de preguntas, estilo El Cazador, cuando tratábamos temas de gastronomía. En los que claro está, siempre acababa cazada. Pero, no lo tuve en cuenta. Tampoco cuando casi me ahogo con su beso sabor 100% nicotina. Sí, fumaba. No, no soy una nazi anti-fumadores, pero siempre apuesto por sonrisa profident y con sabor a menta. Tras el tapeo de primera toma de contacto, nos lanzamos a la caza de los pintxos vascos. Él, erudito de la cocina, me ignoró durante toda la clase. Así que me tocó sacar mi vena influencer, grabar la masterclass y los pedazos pintxos que nos ibamos a zampar. Parecía que él siempre quería tener la razón, su ego era demasiado grande y su empatía, minúscula como un guisante.

Así que la post clase se consumió en los sabores de un vino tinto, en su idiotez y enfado por mi negativa de no querer terminar con el postre en su casa. Yo acabé con indigestión emocional, pero disfrutando de un orgasmo y precisamente no con él, sino con el mejor plato de ese día: patata, rellena de secreto de Euskaltxerri.

Cenikelia y el príncipe mexiñol

Llevaba tiempo sin limpiar el cajón de mierda, no tengo síndrome de abstinencia sexual gracias a mi ingeniero de montes favorito y sus noches desenfrenadas, pero tengo que confesar que no he vuelto a pillarme como lo hice por última vez un ocho de mayo de 2021, cuando el »mexiñol» dejó de hablarme por WhatsApp o me hizo lo que mayormente conocemos por ghosting. Y os preguntaréis ¿Quién es él? Pues un vende humos de los muchos con los que me he topado en Tinder, en mi larga lista de fracasos amorosos.

Nuestra historia empezó un ocho de marzo y por casualidades del destino acabó un ocho de mayo, así que digamos que no se convertiría en mi número favorito de la lotería. El chiquillo empezó muy intenso, pero pensé que por una vez que hay un hombre con conversación interesante y que está pendiente de mí, no podía desperdiciar esa oportunidad. Era un chico de mundo, vivió en los United States y en México lindo querido, así que eso me llamó muchísimo la atención. Me dijo que notaba el fluir de nuestros interiores y que tenía la impresión de que yo era la chica que tanto tiempo estaba esperando. Yo lo único que sentí en ese momento, es el rugido de mis tripas, porque estaba a punto de meterme una hamburguesa doble al cuerpo, pero bueno que te digan cosas bonitas siempre se agradece.

Cuando le pregunté que en qué trabajaba me dijo agente ultrasecreto y digamos que mi saga favorita es la de James Bond 007, así que ahí ganó puntos. Vamos era ingeniero de software, pero siempre me dio más morbo imaginármelo con pistola y traje. Nuestra primera cita fue en un columpio, pero no el del parque, uno de un restaurante chill out de Madrid muy cool, junto con nuestras respectivas copas de vino. Al principio no me llamó mucho la atención, pero cuando me habló de su experiencia en USA y México, me interesé muchísimo por conocerlo más. Eso y que no estaba mal físicamente, porque ya sabéis que las barbas son mi criptonita, tanto que a los segundos estábamos comiéndonos la boca.

Me decía que tenía el secreto de ligarse a una peruana castiza, así me llamaba a mí. Me dijo que me convertiría en una escritora famosa y que le regalaría ese chalet con jacuzzi y piscina olímpica. ¡Pues oye chaval! a ver si por lo menos eso se cumple, pero el chalet para mí. Hasta ahora estoy esperando que me lleve a probar esos tacos al estilo Sinaloa y el tequila del bueno que tenía en su casa. Lo de que mis besos le hacían vibrar no sé si sería porque a lo mejor llevaba un satisfayer incluido. El sibarita de los sabores, aromas y texturas, así decía que era él y que lo probaría en mi cuerpo. Pero el día que me lo propuso se quedó sin catar nada, porque yo volví pronto a casa por el toque de queda. Así que al final la cata quedó cancelada. Tengo que confesar que siempre volvíamos cada uno a su casa con un calentón de narices, pero el destino no quería que »Cenikelia» tuviera su príncipe azul.

Yo era su »Cenikelia» así me llamaba, porque siempre volvía corriendo a casa por el maldito toque de queda, solo que yo no tenía carroza, tenía un metro norte cargado de personas con mascarilla y virus. De un mes a otro los audios pasaron a mensajes y a ralladas del tipo, me han detectado algo en el corazón y ayer hablé con mi ex. Sí, su ex novia mexicana era médico y con ella seguía teniendo relación. Estoy estresado con todo, no tengo tiempo para nada, a ver cuándo nos vemos y tonteo en modo off.

Él se quedó en Pozuelo, manejando billete y yo me volví a Alcobendas, en busca de otros matchs, porque como decía el «mexiñol» ¡A huevo chingado! (¡Por supuesto que sí!) algún día me llegará el amor indicado.