U2: 1, 2, 3… ¡Chupito!

Todas sabemos que las noches de mexicano entre chicas pueden acabar mal, por culpa de los malditos tequilas o pueden terminar muy bien. La verdad que yo no tengo muy buenos recuerdos de esas noches, una vez acabé bailando en un bar con un cinturón de un chaval que me había agenciado por culpa de la borrachera que llevaba encima y fui testigo de cómo mi amiga vomitaba en un taxi y el taxista casi llamaba a la policía. Así que las noches de tequila son muy, pero que muy peligrosas.

Pues resulta que Carlota aterrizó en los Madriles y eso se merecía una celebración por todo lo alto. Eso es lo que pensó Clara, así que propuso una cena en un mexicano por todo lo alto con cervezas y tequilas incluidos. Esa noche también hubo sesión de microteatro, porque yo estoy segura que Pedro Almodóvar la va a fichar en algún momento de su vida, adora el mundo del artisteo. Pues a lo que iba, Clara, Carlota y su grupo de amigas acabaron en un bareto jugando al futbolín. Aunque Clara sus dotes como delantera centro no los tiene muy desarrollados, así que pensó que lo mejor sería unirse , junto a Carlota a un grupo de chavales que charlaban animosamente en una mesa cercana. Los mejores descubrimientos surgen así, que si conversación, que si cervecita, que si ¿jugamos al billar? Parece ser que la noche empezó a coger forma. Habían hecho amigos, en el momento menos pensado.

Clara es una fan de U2, pero de las grandes, de esas que podríamos decir que las letras de las canciones de los irlandeses son la banda sonora de su vida. Tan fan era que había comprado una entrada para ir a verlos sola a un concierto en Barcelona. Pero ahí estaría Andrés para aparecer en el momento más indicado. El chavalito del grupo había sentido un feeling enorme con Clara y no se lo pensó y le dijo <<Clara me voy contigo al concierto de U2>>. ¿A veces hacemos locuras por amor? Pues sí, porque Andrés no sabía ni quiénes eran, pero aun así le dio a comprar el billete a Barcelona y rumbo a U2.

Clara invitó a chupitos a la mesa, un tío que hace una locura así se merece una celebración por todo lo alto. Esa noche los chavales, celebraban una despedida de solteros. ¿De una boda saldría otra boda? Eso no quedaba muy claro. La noche se alargó y Clara acabó invitando a Andrés a su casa. ¿Y qué mejor qué hacer una noche de verano? Pues piscina a las cuatro de la madrugada y sexo del bueno. Pero cuando parecía que todo marchaba genial, resulta que Andrés era colega del ex de Clara y la cosa se enfrió un poco.

El día del concierto llegó, pero lo que había pasado esa noche de locura y desenfreno, se había estancado. Allí en Barcelona fue todo muy light y ninguno se lanzó a la piscina. Días después Andrés y Clara se encontraron en la feria de Málaga, pero él la evitaba por completo y resulta que éste se había echado novia. Y el destino es tan curioso, que quería seguir dándole sorpresas a Clara. Ella trabajaba como organizadora de eventos y un día recibió la petición de presupuesto para la animación de una boda. Y la boda era ni más ni menos que de Andrés. Así que el Beautiful Day de U2 precisamente no iba a ser para ella.

Así que nada 1, 2, 3… ¡Chupito!

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La sentencia del fiscal del amor

Ya no solo la pandemia nos va a volver locos a todos, el estrés laboral es el culpable de los quebraderos de cabeza, de las peleas en casa y de las rupturas amorosas. Precisamente esa fue la excusa por la cual el fiscal me dejó <<respecto a conocernos, la verdad que no me veo predisposición por mi parte. Llevo mucho estrés y la verdad, ya lo viste el último día que no estoy en lo que tengo que estar y no quiero hacer perder el tiempo a nadie…>>, me dijo.

A mi parecer fue una excusa barata para dejar de formar parte de mi coranzoncito. Se unía a mi múltiple lista de fracasos amorosos, yo me veía asegurada de por vida. No todos los días se conoce a un fiscal, pero claro era demasiado perfecta nuestra historia como para ser verdad. Pero, lo más gracioso de nuestra historia fue la forma que nos conocimos. Os resumo, en estas breves líneas de mi mes de febrero, el mes del amor y de nuestra corta, pero intensa historia.

Al fiscal lo conocí mientras devoraba unas tostadas de aceite de oliva y tomate y desayunaba frente al hospital en el que le hacían unas pruebas a mi madre. Al ver tanto médico interesante por la zona, decidí abrir Tinder y ver si el radar me regalaba un cardiólogo en mi vida. Pues resulta que me regaló un fiscal, un valenciano que llevaba tan solo diez días en Madrid y que buscaba gente para que le enseñara la ciudad. Y claro aquí estoy yo como buena samaritana para hacer sus deseos realidad. Finalmente acabamos hablando un montón, intercambiando recetas de comida, vacilándonos y programando una próxima quedada, lo que pasa que él no sabía que aquella futura cita iba a tener que compartirla con mi madre.

Sí, el día que nos conocimos que iba a ser un día muy tranquilito, acabó con una invitación por su parte a la mesa donde tomábamos unas cervezas, a mi queridísima madre. Al final la primera cita con mi crush y con mi madre ¿Qué os parece? No podía ser un psicópata porque trabajaba para la ley, pero me pareció tan raro que un chico me dijera: <<Si quieres dile a tu madre que se apunte también con nosotros>> y al rato le esté hablando de su abuelo, de Valencia, de las paellas, de su familia y que le diga <<A tu hija me la llevo a Valencia>>. Estas cosas solo me pasan a mí.

Pues por lo visto no fue mal, a él le gusté y mucho, no solo físicamente, sino también mi rollito y que soy muy divertida. Una no puede ser tan irresistible para los hombres porque luego tiene quebraderos de cabeza. En nuestra segunda cita ya no había madres de por medio, solo unas croquetas de vicio y mucho alcohol. Nos recorrimos todos los bares de la Latina, bebiendo vermuts, cervezas, vinos tintos y blancos y dejando sin existencias de comida a los restaurantes. Parecía la ruta de la tapa y yo solo quería comérmelo a él. Pero el culpable de todo fue el gin tonic y resulta que acabamos en un hotel, yo con un chichón en la cabeza porque me estampé contra la puerta del local de copas y la tarde culminó solo con sexo oral.

Creo que esa era la penitencia y el precursor del final de nuestra historia. La tercera cita fue una conversación entre un psicólogo y su paciente. Evidentemente él es el paciente y yo la psicóloga, su diagnóstico: estrés laboral, él pensando en sus cosas, pasando de mis besos y marcando las distancias. Yo, volviéndome a pillar e idealizando otra vez a un fuckin hombre en mi vida, volviendo a darme la hostia y volviendo a creer que por fin llegaba el definitivo.

Mi sentencia: Culpable.