Aquel sábado fue de esos preciosos días en los que el cielo tiene un color azulado que enamora y el sol aprieta fuerte, de esos calores sofocantes de pleno mes de julio, aunque estábamos en primavera. Ernesto daba un largo paseo por las calles de Águeda, aquella ciudad portuguesa donde siempre pasa algo, sea de día o noche, conciertos improvisados, desfiles, etcétera.
El joven paseaba bajo los paraguas flotantes que decoraban la avenida con su versátil colorido y resguardaban a los viandantes del sol. Se agachó para atarse el cordón de las zapatillas , pero alzó la vista hacia arriba y al contemplar el paisaje formado por los paraguas, no se le escapó un detalle, uno de ellos colgaba en un lateral roto y le faltaba la tela, por allí entraron los rayos del sol que se reflejaron en los cristales de sus gafas.
Ernesto era un hombre atractivo, su rostro varonil estaba marcado por las monturas de unas gafas que le daban un aspecto intelectual, bueno realmente no se lo daban, ya que lo era. En la universidad era uno de los profesores más respetados por sus alumnos a pesar de su juventud. Su facilidad con la pluma, su verborrea no excesiva, sino cautivadora y su mente privilegiada provocaban que las jóvenes del campus fantasearan con las sábanas de su cama y la poesía que desprendía en ella debido a su madurez.
Pero, no todas tenían la consideración del portugués, allí estaba Mariela, una joven dulce, romántica y delicada, a la cual Ernesto tenía constantemente en sus pensamientos. Se habían producido miradas furtivas en los pasillos de la Facultad, pero ninguno se había atrevido a dar el paso, ciertamente solo les separaban unos años de diferencia ¿Pero qué había de malo?. Ernesto estaba casado con Lucía, también profesora en el campus, tenían una relación idílica.
Era lunes por la mañana, la clase de biología del profesor Villaverde era la favorita para las chicas del campus. Para ellas se convertía en su café matutino, que les despertaba del sueño. Mariela salió a la pizarra a resolver la cuestión propuesta por Ernesto, en ese momento una tiza amarilla se cayó al suelo. Mariela se agachó a recogerla y el apuesto profesor también, al cogerla se entrelazaron sus manos y se miraron con un deseo que dejó a toda la clase en un silencio sepulcral. Disimularon ante tal espectáculo y prosiguieron con la lección.
Al finalizar la clase Ernesto se acercó a Mariela y le propuso tomar un café juntos, a lo que ella accedió. Quedaron en la zona habilitada para el profesorado, tuvieron una charla amena y divertida y sabían que aquello derivaría en un problema mayor. El profesor le propuso quedar esa noche, el primer lunes que cambiaría sus planes.
Todos los lunes el portugués iba a jugar al póker en una casa de los alrededores de Águeda, Lucía desconocía esto. La profesora pensaba que los minutos de los lunes por la noche eran para sus colegas y para una buena Sagres, sí la cerveza favorita de su chico. Pero ciertamente no era así, el profesor era un adicto del póker, tanto que en ocasiones había perdido bastante dinero.
Fue un lunes distinto para Ernesto, fueron a cenar a uno de los restaurantes más pequeños del barrio, pero con mayor encanto. Mariela estaba hechizada, había conseguido una cita con el adonis de la Facultad y lo tenía solo para él. Hablaron sin parar, se rieron mucho, pero el profesor miró el reloj y vio que era demasiado tarde y decidió finalizar aquella cita mágica. Acercó a Mariela a su casa, no podía dejar de mirarla en el coche, como ese vestido amarillo le resaltaba su piel bronceada. La consideraba una de las jóvenes más dulces del campus. Obnubilado al despedirse la miró y no pudo frenar sus instintos, la beso con fuerza y le dijo que lo suyo no podía ser solo eso, que en ella veía algo más.
A partir de ese momento sus encuentros furtivos se hicieron frecuentes. Los lunes de póker fueron sustituidos por los lunes con Mariela. El joven le regaló una moneda de dos caras con sus iniciales, ella un libro dedicado con sus palabras y un beso marcado con un pintalabios. Esa doble vida le provocaba a Ernesto una felicidad máxima.
Hasta que un día, el profesor llegó a su casa y encontró a Lucía llorando, había descubierto el libro dedicado de Mariela. Solo quedaban las tapas del libro sin las páginas, que la profesora había arrancado al enterarse de la traición. En el suelo una agenda con solo un número de teléfono apuntado, el de Mariela. El que había marcado y la joven había contestado.
Lucía echó a Ernesto de casa y éste fue a buscar a Mariela a la casa que se había convertido en el refugio de sus pasiones. El profesor tocó el timbre varias veces y no hubo respuesta, llamó a Mariela y ésta no respondía. Finalmente pudo entrar por la puerta trasera y notó el ambiente extraño.
No paraba de llamar a Mariela, pero ésta no respondía. Fue recorriendo los pasillos del hogar y al adentrarse en la habitación observó tirada en el suelo una carta con un as de trébol con varias manchas de sangre y sus latidos empezaron a acelerarse. Cruzó el salón y allí estaba la joven tendida en el suelo con un fuerte golpe en la cabeza y una mirada aterradora. Ernesto impactado solo pudo acariciar su bello rostro y llorar sin parar.
El profesor tenía unas deudas pendientes, que había arrastrado en sus antiguas partidas de póker, aquellas que tenía olvidadas por culpa del amor de Mariela, pero que sus enemigos le habían refrescado eliminando a la que sin duda se había convertido en el amor de su vida y que el azar se había encargado de matar.