Tiempo de détox love

Sí, ya es 7 de enero y empezamos a poner en marcha los propósitos para un nuevo año y con un día más de regalo, es lo que tienen los años bisiestos. Pero no te esperes premios, trabajarás un día extra, pero sin paga adicional. Y cabe decir que casualidades de esta vida perra, un año bisiesto Martin Luther King y John Lennon fueron asesinados y el Titanic se hundió, prácticamente como mi vida amorosa. Pero en esta vida que haríamos sin quejarnos y creer en supersticiones de pacotilla, no sería nada divertida.

En cuanto a mi situación actual podríamos establecerla en lo siguiente: Solterona desempleada con peso desconocido tras toneladas de roscones, alcohol en vena, comidas y cenas desmesuradas gracias a la «hermosa» Navidad. En lo único que me diferencio de Bridget Jones, es que no soy una fumadora empedernida y en que he reemplazado el sexo por la comida. Am por supuesto en que no llevo braga faja (¡Antes muerta que sencilla) y que yo no tengo a dos hombres peleándose por entrar en ellas. Me sobra con mi juguetito líder en tendencias, un tal Satisfyer, al que yo prefiero llamar «Mi Bradley». Estoy segura que si Bridget lo llega a conocer cambia a su Mr. Darcy por veinte mil revoluciones de placer por segundos y orgasmos sin fin.

En fin, a lo que iba estoy en plan détox love, por lo menos por el momento. Los creadores de Badoo, Loovo y Meetic han perdido una clienta VIP, sí lo confieso era drogadicta a las apps de ligue. Que mi antigua relación de cinco años saliese de allí me seguía dando esperanzas de protagonizar Oficial y Caballero y que me cogieran en brazos a pesar de que el chico pudiera sufrir una contractura por culpa de mis kilos ganados por culpa del maldito roscón. Y a pesar de protagonizar diversas aventuras de las que saldría un reality show de los buenos, seguía confiando en ellas. Aun así decidí poner fin a este mono de amor falsificado, como una moneda de 5 euros. Me he convertido, por lo menos hasta que mi cuerpo no sufra abstinencia sexual en una mujer libre e independiente que no necesita un Mr. Darcy en su vida.

El tiempo de duración de esta película montada en mi cabeza no sé cuánto será. Me han nombrado embajadora de Reino Unido y me han invitado a protagonizar la nueva película de Indiana Jones. Sí, me toca explorar territorio británico, aspirar a un mundo de aventuras y desentrañar los grandes misterios de la antigüedad como buena arqueóloga. Tengo una cabeza amueblada, conocimiento de la historia, sé evitar y reconocer a fósiles que no aportan nada y quien sabe puede que encuentre a un Mr. Darcy que esté en busca de mi arca perdida.

Continuará…

¿Estáis en fase détox love o tenéis a un Mr. Darcy en vuestras vidas?

¡Besos seductoras valientes!

Un café amargo en París

Eran las doce del mediodía de un frío noviembre y las nubes presagiaban lo peor en la ciudad del amor. En la terraza del Café de Deux Moulins se podía percibir el aroma del café y el olor de los cruasanes recién salidos del horno. Mateo observaba la puerta e imaginaba a la camarera Amèlie Pouline saliendo por ella, con su mirada enigmática y esa belleza extraña.

¡Un café por favor! – suspiró Mateo con cierto nerviosismo. Esperaba a Helena, que llegaba veinte minutos tarde.

Mateo iba a confesar sus sentimientos a Hache, así llamaba a su compañera de borrachera, de tesis y de piso.

Perdóname Mateo, ya sabes que ir en bici con este tráfico por este barrio es horrible. – entró Helena corriendo hacia la mesa.

– ¿Has dormido bien? – la observó enamorado y con una sonrisa pícara. << A pesar de esas ojeras y de ir despeinada es increíble lo preciosa que estás >>, pensó Mateo.

Los últimos días Mateo intentaba borrar ese sentimiento de su mente, ahogando sus penas en un cóctel de mujeres que lo visitaban cada día en su cama. Un antídoto que había retrasado la conversación entre ambos compañeros, pero que Mateo no quería dilatar en el tiempo.

He dormido de maravilla – disimuló Helena. <<¡Claro que sí bonito! si tengo que compartir prácticamente espacio y desayunar con tus amiguitas de piernas largas y escote prominente… “Todo perfecto”>>, ironizó la joven. – Pero, cuéntame que es eso tan importante que tienes que decirme – espetó Helena.

En ese instante el sorbo del café le provocó un cúmulo de nervios que derramó la bebida sobre la mesa.

¡Madre mía Mateo! si que estás mayor, ya no puedes sujetar ni una taza – entre risas le replicó Hache.

– << Lo raro es que no se me caigan más cosas de las manos si me miras así. Te besaría esos labios rojos y te acariciaría ese pelo color fuego y esos rizos que me tienen en un sinvivir>>, pensó Mateo.

– Hoy estás muy raro Mateo ¿Seguro que te has tomado solo un café? Puesto que no me dices nada interesante que cambie mi aburrido día, yo quiero cambiártelo
con una buena noticia – Helena se acercó a Mateo y le acarició con la punta de la nariz la mejilla.

– << ¿Esto es verdad? déjame abrazarte, déjame besarte>> , Mateo cerró los ojos y se dejó invadir por las emociones que Helena despertaba con su cercanía.

– Estoy embarazada – le susurró al oído a Mateo.

Esas palabras provocaron que Mateo deseara que el color negro azabache del café fuese veneno. Sus palabras y las gotas de lluvia que cayeron en su cabeza le despertaron de ese sueño esperanzador.

-¡Mateo! La que nos está cayendo ¡Entremos al café! – gritó Helena escapando de la lluvia.

– <<¡Maldita sea! ¿Cómo pude pensar que nuestra relación podría ser posible? ¿Pero de quién está esperando un hijo? Esto no puede estar pasando>>, pensó Mateo. – Helena, quédate. Yo tengo que marcharme – salió corriendo Mateo, huyendo de aquella noticia.

– ¡Mateo, espera! ¡Necesito aclarar esto! – gritó Hache preocupada.

Helena incrédula observaba con ojos llorosos como Mateo se marchaba por aquella calle estrecha, cruzando el Moulin Rouge. Al doblar la esquina se podía percibir el olor a neumático quemado bajo la lluvia. El ruido ensordecedor de un claxon se entrecruzaba con los gritos de la gente.
Era el mes de agosto y Hache y su hijo Nicolás llevaron ese día soleado flores al cementerio.

<< Que bonita aquella noche de pasión, que bonito fue aunque tú no lo recuerdes. Aquella borrachera que me perdió sin control en tu cama, pero que me dio lo más bonito de mi vida. Te quiero y siempre te querré>>, recordó Helena.
A lo lejos en la lápida podía leerse…

Mateo Jiménez Sánchez . A mi fiel compañero que me enseñó a amar la vida.
Tu mujer Hache y tu hijo Nicolás.

Resacón en Tarazona

El repiqueo proveniente del campanario que tenía al lado de mi casa me despertó de ese dulce sueño. Cuando procedí a poner un pie en el suelo, la habitación se convirtió en una montaña rusa y yo levitaba sin poder bajarme de ella. Bajé a la cocina y el olor a grano de café me despertó, había vuelto a Tarazona, tierra de mis abuelos y mi refugio de la infancia. Había sido una noche memorable, que ni el mismísimo director de “Resacón en las Vegas” la podía haber planificado.
Decidí tomar una ducha, vestirme y salir a la calle. Al doblar la esquina me crucé con Eduardo, sacerdote del pueblo. El aragonés era famoso no por su facilidad de oratoria, sino por sus dotes con la bebida. Durante mi época de monaguillo, nos conocían durante todo el perímetro de los bares de Tarazona y alrededores, yo me sentía como su Lazarillo de Tormes. Hacíamos juntos “La ruta del bacalao”, pero sin el bacalao. Llevaba años en la parroquia y se estaba formando para llegar a ser obispo y yo sinceramente lo veía así en unos años.
Tarazona en época del Cipotegato, se convierte en la Mallorca de los alemanes. Turistas soportan las altas temperaturas de agosto con dosis de cervezas y bailoteos en las peñas y en las calles del pueblo. El banco de la plaza del ayuntamiento tras 32 años seguía conservando mi firma, junto con la de Carlos y Pablo, mis mejores amigos del pueblo.
Pablo se sentó a mi lado y me ofreció una cerveza fría, de esas que sientan a gloria bendita. Me miró y empezamos a reírnos sin parar. La noche previa, habíamos celebrado el cumpleaños de Carlos, el querubín del grupo. Era famoso en el pueblo por los jesuitas de su madre la panadera Lola, que había llevado la receta desde Bilbao en su maleta. Aquellos pastelitos de hojaldre rellenos de crema, glasé de azúcar y almendras laminadas eran un pecado muy apetecible para todos los que estábamos a dieta.
Teníamos una peña llamada “Piratas del Cacique”, no hace falta aclarar por qué, el nombre lo dice todo. Esa noche de verano la habíamos engalanado como nunca, después de haber saqueado el supermercado de Merche con un arsenal de ron para la fiesta. Nuestro dj Manolo ocupaba el altar con su mesa de mezclas, pinchando los últimos éxitos del mercado nacional, atrás quedaron aquellos maravillosos años de Paquito el chocolatero y Follow the leader.
Tras varios intentos por mover las caderas al ritmo de trap, por la puerta entró Macarena. Allí estaba ella, la chica más joven y guapa de Tarazona. Su pelo era oscuro y sedoso y su cuerpo fiero se contoneaba con sensualidad. Desprendía la frescura de un espíritu libre y era tan diferente a las chicas del pueblo que seguía enamorado de ella. Era conocida
como la novicia, por no conocerle novio alguno. Esa noche estaba dispuesto a hacer un pacto con el diablo por conquistarla.
Me acerqué a mi confesionario sacramental, mi amigo Carlos. Experto en las dotes del arte de la seducción y en las mujeres.

  • No tenemos a un David Guetta en potencia – soltó una carcajada- Pero nos sirve de algo, ¿Verdad?
    Allí estaba Macarena sentada a mi lado, mirándome, como esperando que le dijera algo. Le mantuve la mirada y a los dos se nos fue dibujando una sonrisa magnética.
  • ¿Qué?- le pregunté. – Tienes una de las sonrisas más bonitas que he visto en mi vida- me susurró- Y la verdad es que muero de ganas por realizar un París Dakar con mi lengua dentro de tu boca.
    Le di un sorbo a mi copa de ron, en ese momento noté como el calor subía por un espacio prohibido. Como deseaba ser el Papa y llevar una sotana, para disimular tremenda complicación entre mis piernas. Macarena se mordió con deseo el labio inferior y después lo dejó escapar de entre sus dientes. Me agarró de la cadera y me obligó a moverme hacia su cuerpo, estaba paralizado.
    Estuvimos bailando toda la noche, hasta que desaparecimos durante un par de minutos. Nos dirigimos al aparcamiento y Macarena abrió con un guiño de luces su Golf negro nuevo y brillante. No sé como lo hizo, pero lo siguiente fue sentarse sobre mí a horcajadas. De fondo la BSO de Sidercars y yo sintiéndome el protagonista del videoclip Los amantes. Sus manos subieron mi camiseta hasta que acabé desprendiéndome de ella y sus labios estaban esperándome cuando volví a embestirle con mi boca. Tarazona me había regalado la mejor noche de embriaguez sexual.
  • ¡ RIIIIIIIIIING RIIIIIIIIIIING! – ¡Diego levántate y apaga el despertador! ¡Llevas más de 12 horas durmiendo y hoy tenemos la misa del abuelo y así no llegamos!- gritó la jefa de la casa. – ¿Mamá a qué hora llegué del cumpleaños de Carlos?- pregunté. – ¿Cumpleaños? ¡Pero sí es hoy por la noche cabeza loca!- ¡Vamos desayuna y vístete!
    Me senté sobre la cama, pensativo, sabiendo que ya era tarde y había vuelto a la realidad. Me había dado la hostia sacerdotal.

Nochebuena en Suyo

Su diplomacia y elegancia se podía palpar al entrar por la puerta. Tenía un bigote al estilo Ned Flanders, el de vecino perfecto y buen cristiano. Había elegido ponerse un traje oscuro propio de los señores acomodados. En su muñeca, llevaba unos gemelos que brillaban relucientes. Ese día, el comedor parecía una verbena popular que se vio interrumpida por un golpe de su bastón de madera, grueso y color ébano que resonó fuertemente. El silencio en la sala se trasladó a los comensales.
Don Ernesto clavó los ojos sobre el enorme pavo que reinaba en el centro de la mesa, incitándole a pecar y sacar a relucir sus aires de canibalismo. El aroma del pan recién sacado del horno, le provocó un sentimiento desgarrador. Reavivó la nostalgia de su infancia, aquellas felices mañanas en Suyo, cuando su madre preparaba el desayuno y él jugaba al escondite en la plaza del pueblo. El resto del decorado sobre la mesa era muy apetecible, un manjar de aperitivos recorrían la enorme mesa de los Morales y resplandecientes brillando con su color burdeos, varias botellas de Rioja, que habían cruzado el charco para depositarse sobre esa mesa. El panettone y el chocolate no podían faltar en la celebración.
Doña Aurelia agarró fuertemente la mano de Don Ernesto, lanzándole una mirada de satisfacción. Era un 24 de diciembre diferente, Matilde Morales estaba a un paso del altar tras varios años de convivencia con el arquitecto más famoso de Piura y había obtenido el premio a la mejor escritora novel del certamen de su país. El orgullo residía en sus padres, que veían como su hija seguía construyendo sus sueños, era el mejor regalo navideño.
En la casa de la familia Morales no todo era de tradición peruana. La bisabuela Lola, nacida en la tierra de Rafael Alberti, Cádiz, había llevado en su maleta a tierra inca, la tradición de los villancicos flamencos. Esta noche no podían faltar, las palmas y el chasquido de los dedos acompañaban la melodía de Los Campanilleros y Con mi borriquillo.
El jolgorio, los abrazos, las risas, todo era festividad. Arturo, el nuero perfecto, se levantó de la mesa y tras un beso tierno en la frente a Matilde salió al patio. Allí estaba con cierta nostalgia reflejada en sus ojos verdes luminosos y transparentes, observando el reloj de bolsillo que colgaba en la pared. Un reloj que se había parado en el momento del último suspiro de Don Ricardo Ojeda Morales y que presidía un mural de recuerdos familiares. Un reloj que ya no latía, pero que en ese momento de silencio se vio interrumpido por un fuerte golpe. El dolor le había adormecido todos los sentidos y el frío se había apoderado del patio, el tic tac del Rolex de Arturo dejó de sentir por completo a las doce con el repiqueo de las campanas.

El último disparo

Quería una habitación con vistas, una cama con sábanas limpias, un buen libro. Pero tenía que matar a alguien. Esa era la condición impuesta por mi secuestrador. La humedad de la habitación fría y oscura estaba provocando que me sintiera débil y sin fuerzas para hacer frente a esa situación. Me sentía perdida y engañada por la persona en la que había depositado toda mi confianza unos meses antes y que se había convertido en un desconocido sin corazón y sin piedad por las personas. 

El ruido de la llave abriendo la puerta me sobresaltó. Por la puerta entró Diego, alto como el Hyperión, el árbol más alto del planeta, fuerte y tremendamente atractivo. Allí estaba yo, sucia y despeinada, pero sin poder evitar sentir algo al verlo.

  • ¡Vamos! Levántate, ¡No estoy para perder el tiempo! –  gritó Diego agarrándome del brazo con fuerza.
  • ¿Cómo he podido quererte tanto? – pensé, mientras una lágrima caía por mi mejilla.

Cruzamos un pasillo largo y yo sentía que a mi lado tenía un extraño. Diego me miraba con rabia, su mirada ya no era la misma, era oscura y sin sentimientos. Abrió una puerta y al entrar en aquella habitación me quedé enmudecida, era una habitación acogedora, con detalles y unas vistas increíbles. A lo lejos se divisaba la isla británica de Dorset con sus espectaculares acantilados y el mar azulado que me transmitía tanta paz. Era un espacio soñado para todos

Sobre una de las mesillas, pude visualizar un libro y una rosa roja con una nota.

  • Diego ¿Tengo que matar a alguien, verdad? – miré a mi secuestrador con resignación.
  • Sí, no tienes otra alternativa si quieres salir de ese sucio agujero. Podría matarte en este mismo momento, no me tiembla el pulso, tú eliges- dictaminó rotundamente Diego.

Allí me hallaba, a punto de cometer un asesinato. Sin saber quién sería el condenado ante tal fatal destino. Meses antes, estaba acompañada de mi secuestrador, pero besándonos y abrazándonos. Fue el amor de mi vida, lo conocí en una tasca durante mis vacaciones en México. Unos tequilas y burritos fueron los culpables de unirnos, éramos el tándem perfecto y teníamos muchos planes hasta el día que desapareció en el momento más inesperado.

No supe nada de él, fue una tarde lluviosa en Weymouth cuando al montar en el coche un hombre apareció detrás mía con un cuchillo y me hizo inhalar con un algodón una sustancia que me sumió en un profundo sueño. La historia negra se inició aquí, al despertar y ver que estaba allí con Diego, pero que su mirada no era de amor, sino de odio. Los primeros días eran preguntas y más preguntas, de las que nunca tuve contestación. Meses después Diego me estaba incitando a cometer un asesinato y yo no veía otra alternativa. Tras meditar, decidí aceptar el trato, quería acabar con ese encierro, aunque sabía que me sumiría en una culpa infinita.

Mi secuestrador me cogió del brazo y me llevó a otra habitación. Al entrar pude observar a un hombre, alto y fatigado con una manta en la cabeza, sentado en una silla de espaldas. Mi cuerpo se estremeció cuando Diego me entregó una pistola y con fuerza gritó ¡Vamos, dispara! Cerré los ojos, empuñé la pistola y disparé el gatillo firmemente. El desconocido se desvaneció y cayó al suelo fuertemente. Asustada me acerqué corriendo al cuerpo, rodeado de un charco de sangre y cuál fue mi sorpresa al ver la realidad que tenía delante. Allí estaba un joven con un rostro idéntico a Diego.

Mi secuestrador había ganado la partida, no paraba de reír, me agarró por el brazo, me entregó una foto y horrorizada vi a dos hombres idénticos. Uní las piezas y entendí todo, había matado a Diego, aquel secuestrador no era él sino su hermano gemelo que necesitaba que el trabajo sucio lo hiciera otra persona. En ese momento sentí un fuerte dolor en el pecho y me desmayé, con ese último disparo había matado a mi amor, había acabado con mi vida.

El cante jondo de tus besos

Taconeo y contoneo en la sala.
Todos entonaban la farruca con fuerza
Y mi cuerpo te hechizaba.
Con destreza y con fuerza.
Tu mirada ansiosa me buscaba.
Tu boca pintada de rojo sangre
Mi cobijo de pasiones, mi lugar
De encuentro donde me perdía en mis
Deseos incontrolables, pero todos inolvidables.
Flamenca con cuerpo racial,
En aquella habitación que huele a sudor,
A despedida, al fin de esta pasión.
La soledad me envuelve vestida de frío
Y me embarga la desilusión.
Vuelvo a escuchar el cante jondo de tus besos,
De aquellos que me envolvieron con cada
Movimiento de tu pelo, con cada contoneo de tu
Cuerpo.
Ese compás que me susurra al oído
La canción de nuestra historia, aquella que definía
Mi vida, aquella que construimos unidas.
Envuélveme con tu aura de dulzura, de ternura
Invítame a ese baile, bailaora virtuosa, bailaora hermosa.
Eres mi lujo privado, mi lujo oculto.
Cada día rezo por un beso tuyo.
Macarena, mi reina de Barbate y mi pasión flamenca.
Nos conocimos una tarde de luna llena,
En aquel faro que pasó a ser el cobijo de deseos
Incontrolables y nuestro rincón de amores inolvidables.
Ahora escucho el ritmo de tus tacones en el tablao,
La felicidad en mis oídos al oírte bailar.
Fuerza, arte, amor y dolor, expresas todo con una sola
Emoción. Y muero con cada tacón, con cada punta,
Se va acercando mi final, pero tú te has convertido en mi
Penitencia, en mi muerte con el latido final. Un silencio en la sala
Y el sonido de la guitarra rasgada que me dice adiós, donde hubo amor.

Kelia Vidarte Ojeda 2019

El amor es un azar

Aquel sábado fue de esos preciosos días en los que el cielo tiene un color azulado que enamora y el sol aprieta fuerte, de esos calores sofocantes de pleno mes de julio, aunque estábamos en primavera. Ernesto daba un largo paseo por las calles de Águeda, aquella ciudad portuguesa donde siempre pasa algo, sea de día o noche, conciertos improvisados, desfiles, etcétera.

El joven paseaba bajo los paraguas flotantes que decoraban la avenida con su versátil colorido y resguardaban a los viandantes del sol. Se agachó para atarse el cordón de las zapatillas , pero alzó la vista hacia arriba y al contemplar el paisaje formado por los paraguas, no se le escapó un detalle, uno de ellos colgaba en un lateral roto y le faltaba la tela, por allí entraron los rayos del sol que se reflejaron en los cristales de sus gafas.

Ernesto era un hombre atractivo, su rostro varonil estaba marcado por las monturas de unas gafas que le daban un aspecto intelectual, bueno realmente no se lo daban, ya que lo era. En la universidad era uno de los profesores más respetados por sus alumnos a pesar de su juventud. Su facilidad con la pluma, su verborrea no excesiva, sino cautivadora y su mente privilegiada provocaban que las jóvenes del campus fantasearan con las sábanas de su cama y la poesía que desprendía en ella debido a su madurez.

Pero, no todas tenían la consideración del portugués, allí estaba Mariela, una joven dulce, romántica y delicada, a la cual Ernesto tenía constantemente en sus pensamientos. Se habían producido miradas furtivas en los pasillos de la Facultad, pero ninguno se había atrevido a dar el paso, ciertamente solo les separaban unos años de diferencia ¿Pero qué había de malo?. Ernesto estaba casado con Lucía, también profesora en el campus, tenían una relación idílica.

Era lunes por la mañana, la clase de biología del profesor Villaverde era la favorita para las chicas del campus. Para ellas se convertía en su café matutino, que les despertaba del sueño. Mariela salió a la pizarra a resolver la cuestión propuesta por Ernesto, en ese momento una tiza amarilla se cayó al suelo. Mariela se agachó a recogerla y el apuesto profesor también, al cogerla se entrelazaron sus manos y se miraron con un deseo que dejó a toda la clase en un silencio sepulcral. Disimularon ante tal espectáculo y prosiguieron con la lección.

Al finalizar la clase Ernesto se acercó a Mariela y le propuso tomar un café juntos, a lo que ella accedió. Quedaron en la zona habilitada para el profesorado, tuvieron una charla amena y divertida y sabían que aquello derivaría en un problema mayor. El profesor le propuso quedar esa noche, el primer lunes que cambiaría sus planes.

Todos los lunes el portugués iba a jugar al póker en una casa de los alrededores de Águeda, Lucía desconocía esto. La profesora pensaba que los minutos de los lunes por la noche eran para sus colegas y para una buena Sagres, sí la cerveza favorita de su chico. Pero ciertamente no era así, el profesor era un adicto del póker, tanto que en ocasiones había perdido bastante dinero.

Fue un lunes distinto para Ernesto, fueron a cenar a uno de los restaurantes más pequeños del barrio, pero con mayor encanto. Mariela estaba hechizada, había conseguido una cita con el adonis de la Facultad y lo tenía solo para él. Hablaron sin parar, se rieron mucho, pero el profesor miró el reloj y vio que era demasiado tarde y decidió finalizar aquella cita mágica. Acercó a Mariela a su casa, no podía dejar de mirarla en el coche, como ese vestido amarillo le resaltaba su piel bronceada. La consideraba una de las jóvenes más dulces del campus. Obnubilado al despedirse la miró y no pudo frenar sus instintos, la beso con fuerza y le dijo que lo suyo no podía ser solo eso, que en ella veía algo más.

A partir de ese momento sus encuentros furtivos se hicieron frecuentes. Los lunes de póker fueron sustituidos por los lunes con Mariela. El joven le regaló una moneda de dos caras con sus iniciales, ella un libro dedicado con sus palabras y un beso marcado con un pintalabios. Esa doble vida le provocaba a Ernesto una felicidad máxima.

Hasta que un día, el profesor llegó a su casa y encontró a Lucía llorando, había descubierto el libro dedicado de Mariela. Solo quedaban las tapas del libro sin las páginas, que la profesora había arrancado al enterarse de la traición. En el suelo una agenda con solo un número de teléfono apuntado, el de Mariela. El que había marcado y la joven había contestado.

Lucía echó a Ernesto de casa y éste fue a buscar a Mariela a la casa que se había convertido en el refugio de sus pasiones. El profesor tocó el timbre varias veces y no hubo respuesta, llamó a Mariela y ésta no respondía. Finalmente pudo entrar por la puerta trasera y notó el ambiente extraño.

No paraba de llamar a Mariela, pero ésta no respondía. Fue recorriendo los pasillos del hogar y al adentrarse en la habitación observó tirada en el suelo una carta con un as de trébol con varias manchas de sangre y sus latidos empezaron a acelerarse. Cruzó el salón y allí estaba la joven tendida en el suelo con un fuerte golpe en la cabeza y una mirada aterradora. Ernesto impactado solo pudo acariciar su bello rostro y llorar sin parar.

El profesor tenía unas deudas pendientes, que había arrastrado en sus antiguas partidas de póker, aquellas que tenía olvidadas por culpa del amor de Mariela, pero que sus enemigos le habían refrescado eliminando a la que sin duda se había convertido en el amor de su vida y que el azar se había encargado de matar.

Capturando nuestro amor

Era la hora del té y decidimos abrir el baúl de los recuerdos. Allí estaba la foto de un anciano, sentado a 30 grados bajo el sol, en pleno cementerio. Su mirada estaba oculta bajo unas gafas negras, pero lo que más destacaba de él no era su impoluto traje y señorío, sino su profunda sonrisa y su postura serena y tranquila.

La historia de Enrique Ojeda Jiménez, así se llamaba el anciano, se remonta al año 1938 cuando sus vitales veinte años le permitían capturar cada instante de su vida con su cámara de fotos. El joven vivía en Suyo, un pueblo del norte de Perú, y era conocido por todos los habitantes de allí, quienes querían que sacara su objetivo y capturara sus vidas. Tanto disfrutaba fotografiando a la gente del pueblo que acabó por convertirse en el fotógrafo oficial del distrito norteño y en un hombre apuesto y humilde que tenía loquito a las muchachas y señoras del pueblo con su sonrisa y mirada de pícaro.

Hasta que un día conoció a Jimena Anteparra Conde, una bella joven adinerada, hija del banquero del pueblo. Era un verano muy caluroso y la joven fue con unas amigas a bañarse al río, un río donde se reunían todos los jóvenes del pueblo. Enrique y Jimena cruzaron sus miradas y desde ahí sabían que lo suyo iba a durar todo lo que ellos quisieran o lo que el destino iba a permitir.

Enrique y Jimena iniciaron una relación a escondidas, quien iba a permitir que diferentes clases se juntaran, solo el amor podía con todo ello. Tenían un escondite cercano a las minas, situadas en la frontera con Ecuador. Allí crearon su universo paralelo, su vida privada y su destino. Pero sabían que en un pueblo tan pequeño todo el mundo acabaría enterándose de su romance. Por ello decidieron que tenían que actuar y hacer algo al respecto.

Una noche en la que la humedad y los mosquitos eran los protagonistas decidieron tomar prestado el coche del padre de Jimena y huir juntos. Nada hacía presagiar el que iba a ser el letal desenlace a un romance lleno de vitalidad. En una curva, una piedra se tropezó por el camino de los enamorados y la rueda del coche se salió de su eje, provocando que ambos chocaran con fuerza contra un árbol y que su amor pusiera fin en ese momento. Enrique sufrió un fuerte traumatismo, pero Jimena dijo adiós a la vida.

Ya era tarde, el mundo del joven fotógrafo iba a teñirse de negro, no solo por saber la trágica pérdida de su amor, sino porque el fuerte golpe en la cabeza le había dañado la retina y provocado una ceguera incurable. La vida de Enrique a partir de ese momento no fue fácil, pero Aurora, le ayudó a salir adelante. Aurora, su amiga de la infancia que sabía que Enrique nunca dejaría de amar a Jimena.

– Hija, en esta foto aparece tu abuelo Enrique- dijo mi madre suspirando e interrumpiendo el sorbo a su té -. Fue durante su visita a la tumba de Jimena , a la que todos los días le llevaba flores.

Sí, aquel anciano de la fotografía era mi abuelo, el cual portaba las gafas negras, causa de su ceguera permanente y que sonreía a su fotógrafa personal. Ella era Aurora, mi abuela, a quien le inculcó el amor por la fotografía. Su fiel amiga y esposa que fue capaz de capturar el instante en el que Enrique, sonríe, como agradecimiento y porque tiene la serenidad de que el amor que hubo entre Jimena y él, solo fue roto por el destino, pero que la fuerza e intensidad de lo vivido junto a ella siempre estará presente y Aurora decidió compartir ese amor.

Kelia Vidarte Ojeda, 2019

#lectura #escritura #historia #amor

La casa de enfrente

Al llegar a mi casa y precisamente en el momento de abrir la puerta me vi salir. Intrigado decidí seguirme, llevaba un paso lento, debido a mi cojera, fruto de un accidente cuando era niño y montaba en bicicleta. Al llegar a la calle, giré hacia la derecha, con cierto asombro.

Mi calle está situada en un barrio humilde, por la noche incluso peligroso. En los alrededores de mi casa hay dos salidas, un callejón estrecho situado a la izquierda y que solo está iluminado por una farola. En el otro sentido: Una casa que siempre me ha llamado la atención, es señorial, con un jardín lleno de flores, pero nunca he visto ningún halo de vida, siempre tiene las persianas bajadas y nunca está iluminada. Nunca me había dirigido en esa dirección, pero esa noche mi curiosidad pudo más que mi sensatez.

Me asomé lentamente, me vi caminar con decisión y ganas de descubrir que se escondía tras ella. Su fuerza atrayente era un imán para mí. Pasé por delante de la casa y me paré en la puerta. Al lado de la puerta colgaba una llave antigua, la cogí y con ella la abrí. Pasé al otro lado y antes de cerrar la puerta miré hacia atrás con cierta nostalgia y una mezcla de miedos. Abrí los ojos con asombro y me quedé paralizado, sin saber que hacer, mi cara reflejaba tristeza. Cerré la puerta y desaparecí.

No he vuelto a verme desde entonces, tanto que he dudado si he llegado a existir alguna vez en la vida.

Kelia Vidarte Ojeda 2019

#escritura #microrrelato #literatura

El equinoccio de tu mirada

Y aunque el día sea gris puedo decir que he recibido grandes noticias, tengo el privilegio que Diversidad Literaria haya seleccionado mi microrrelato »El equinoccio de tu mirada» entre los 400 microrrelatos, para formar parte de la antología «La primavera la sangre altera». La verdad que es un paso más para mi desarrollo literario, fueron 750 propuestas las presentadas al concurso.

«La primavera la sangre altera»

Llegó mi estación favorita, aquella en la que tu mirada florece y me inunda de entusiasmo los días grises y lluviosos que empañan mi alma solitaria. Por fin llegó el equinoccio de primavera, por fin llegó la luz a mi vida. Marzo que me inspira a escribir notas de jazmín, lavanda y descubrir el equinoccio de tu mirada entre mis sabanas, ya está aquí, para vivirla y para amarla.

Sigamos creando universos con la escritura.

#concurso #escritura #microrrelatos